María zysman desenmascara el bullying: los adultos miran para otro lado y la escuela explota
La psicopedagoga María Zysman cortó la retórica condescendiente de los programas escolares de una tijeretada: “El bullying no es tan silencioso como parece; lo que pasa es que los adultos prefieren no escuchar”. La frase cayó en el estudio de Infobae a la Tarde como una losa apenas 48 horas después de que un alumno de 15 años apuñalara a un compañero en una escuela de Santa Fe. El mensaje es demoledor: cada agresión que termina en sangre ya había gritado su alerta, pero la comunidad educativa se negó a traducirla.
La señal que nadie quiso ver
Zysman desmenuzó el mecanismo con la frialdad de quien ha visto demasiados expedientes: autolesiones, insultos cruzados, consumo temprano de alcohol o pastillas, celulares a los 9 años, padres que se ríen en el grupo de WhatsApp cuando un docente pide colaboración. “No es que no las dan, las dan”, repitió, como quien lee la lista de la compra de un desastre anunciado. El problema, adujo, no es la falta de protocolos —están escritos— sino la parsimonia con la que se aplican. “Cuando llegamos al abogado es porque fracasó todo: la escuela, la familia, el barrio”.
La especialista desmintió el mito del “perfil bully” que tanto gusta a los consultores de recursos humanos: no hay barrios pobres ni colegios chetos que lo monopolicen. El acoso escolar es un virus de clase alta que viaja en mochila Louis Vuitton y se propaga en los pasillos de escuelas bilingües con igual saña. “Hay colegios donde no se ve vulneridad a simple vista y también apuñalan”, sentenció.

El grupo como única religión
Lo que cambió, advirtió, es la lógica de pertenencia. Antes el amigo te defendía; ahora te cancela si el grupo lo decide. “La solidaridad perdió contra el algoritmo”. El mundo digital no es un espejo, es un amplificador: sube el video de la burla, explota el celular del excluido con memes que nunca se borran y, cuando la víctima se atreve a denunciar, ya hay 300 vistas y un botón de “me divierte”.
Por eso, dijo, la prevención tiene que empezar antes que el primer like. La herramienta existe: se llama Educación Sexual Integral y lleva años olvidada en un cajón del ministerio. “Los contenidos están, lo que falta es alguien que los enseñe sin que le cambien el gobierno de arriba cada dos años”. Mientras tanto, los equipos de orientación escolar siguen compartiendo psicólogo entre quince establecimientos y la palabra “recurso” suena a chiste de mal gusto.

El regreso a clases que nadie firmó
Santa Fe obligó a hablar de lo que nadie quiere nombrar: ¿cómo se vuelve al aula después de ver sangre en el pizarrón? Zysman fue tajante: “Hay que garantizar un servicio de salud mental inmediato, individual y grupal, sin listas de espera ni excusas presupuestarias”. El miedo, aclaró, no se disipa con charla de inspector y acto cívico; se trata con terapia, con contención y con la certeza de que el adulto que está al frente sabe qué hacer cuando un adolescente se corta el brazo con la regla o sube a Instagram un pollito degollado para avisar que “se viene”.
Mientras los políticos discuten si el problema es el celular o la ley, Zysman les tiró la llave del problema a los padres: “Somos más ejemplo con lo que hacemos que con lo que les decimos”. Estacionar en la rampa, putear al rival de fútbol, bardear a la maestra en el chat: cada microviolencia adulta es una clase magistral de bullying para el chico que observa. La solución no es un decreto; es una mirada larga al espejo y la decisión de romper el pacto de silencio antes de que el próximo puñalazo ya no sorprenda a nadie.