Masterchef despide a su primer concursante y ya huele a caramelo quemado
Nacho Pistacho se fue por la puerta de atrás antes de que el azúcar glass se asentara. El andaluz, que había convertido el fruto seco en su escudo personal, se despidió entre lágrimas tras una noche en la que el chocolate le devolvió el sabor de la derrota. La decimocuarta temporada de MasterChef arrancó con el listón bien alto y la boca llena de ceniza.

Delantal negro y pistacho roto
El equipo azul –liderado por Nacho, el mismo que horas después se llevaría la peor noticia– naufragó en Ourense. Cocinar para 120 brazos de fuego que apagaron la tragedia del verano pasado resultó más duro que caramelizar una tableta de chocolate Dubái sin termómetro. El jurado no perdonó: merluza «destruida», entrante «soso» y un postre «infumable». La baja autoestima del equipo se tradujo en gritos entre Nacho y Gema, mientras Camilla y Javier se miraban con el filo del cuchillo.
La nueva jueza, Marta Sanahuja, se estrenó sin guante blanco. Se puso el delantal, dio la receta y marcó distancia de su predecesora con un gesto: cocinar en directo, algo que Samantha Vallejo-Nágera reservaba para los especiales. Pepe Rodríguez apenas deslizó un «continuará en catering» para despedir a la ausente. La frase sonó a cierre contable.
El regreso al plató tuvo sabor a prueba de fuego. La tableta de chocolate exigía precisión milimétrica; el postre libre, creatividad salvadora. Omar se le tembló la mano, Gem repitió la receta que ya le había llevado al límite y Paloma se quedó con un «sabor extraño» que el jurado no supo clasificar. Germán, en cambio, logró el aplauso y la inmunidad con un plato que parecía escultura.
Cuando los tres nombres bailaron en la pantalla –Nacho, Nacho Pistacho y Gema–, el silencio fue más denso que una ganache mal templada. El veredicto fue unánime: el pistacho se quedó sin cáscara. Su error fue confiar en la suerte que le había dado el apodo. «He podido mandar un tiempo a la mierda el pistacho», dijo entre sollozos antes de cruzar la puerta. Fuera, le esperaban sus compañeros con la consigna de no soltar el cucharón.
La noche dejó dos certezas: nadie regala un delantal blanco y el primer eliminado siempre sabe a amargor. La próxima semana, otro nombre se sumará a la lista. Mientras, en la despensa de MasterChef ya huele a caramelo quemado y a ganas de empezar de nuevo.