Muere carlos westendorp: el diplomático que selló la paz en bosnia y enfrentó a clinton
Carlos Westendorp ha muerto este lunes en Madrid a los 84 años. Fue el hombre que en 1997 firmó la paz en los Balcanes con una pluma roja y una amenaza velada a Washington. Hoy, su nombre viaja de nuevo por las embajadas, pero esta vez en forma de epitafio.
De la rosaleda a dayton: el ascenso de un eurodiputado precoz
Nacido en el barrio granadino de La Rosaleda, Westendorp irrumpió en la política cuando los ministros aún viajaban en SEAT 600. Con 27 años ya negociaba tratados de pesca en Bruselas. Su secreto: hablar cinco idiomas y no perdonar una coma en los textos. Así llegó a la cartera de Exteriores con Felipe González en 1995, justo cuando España pisaba el acelerador europeo.
Pero el verdadero examen llegó dos años después. Bosnia Herzegovina olía a pólvora y los cadáveres flotaban en el río Neretva. La comunidad internacional miraba a otro lado. Entonces la ONU nombró a Westendorp Alto Representante. Se mudó a Sarajevo con una mochila llena de folios y la certeza de que si fallaba, la guerra volvería.

El día que despidió al presidente bosnio
En la primavera de 1998, Westendorp firmó una orden sin precedentes: destituir al presidente bosnio Nikola Poplasen. La razón: sabotear los acuerdos de paz. Fue la primera vez que la comunidad internativa cesaba a un jefe de Estado elegido por votos. La prensa lo llamó "golpe diplomático". Él lo bautizó como "extirpar el cáncer antes de que meta metástasis".
Pedro Sánchez, entonces un joven asesor de 25 años, redactaba sus discursos. En el cuartel general de Sarajevo aprendió dos lecciones: que la política huele a café rancio y que los muertos no votan. Hoy, el presidente español ha recordado a su jefe de entonces como "el maestro que me enseñó que la diplomacia es el arte de apretar el gatillo sin que suene el disparo".
La deuda pendiente con el congreso
Westendorp se retiró en 2004, pero dejó una asignatura sin terminar: su comparecencia por el Yak-42. Fue ministro cuando el avión militar español se estrelló en Turquía en 2003 con 62 militares a bordo. La oposición le reclamó explicaciones. Él prometió comparecer. Nunca lo hizo.
Ahora, su expediente diplomático reposa en el Archivo del Ministerio de Exteriores. Ocupa 32 metros de estantería. Entre los legajos figura una carta sin enviar al presidente Clinton donde le advertía: "Si no frenamos a Milosevic, Kosovo será el próximo cadáver". La firma nunca llegó a la Casa Blanca. La guerra de Kosovo estalló dos años después.
Con su muerte desaparece la última víctima española de la guerra fría que terminó en los Balcanes. Quedan sus memorias —"La paz es un verbo imperfecto"— y una frase que repitió hasta el final: "Los tratados se firman con tinta, pero se cumplen con sangre". Esta noche, en la embajada de España en Washington flamea la bandera a media asta. No es un gesto. Es una deuda.