Muere zeroual, el hombre que pilotó argelia en la peor década de su historia
El ex presidente argelino Liamine Zeroual ha muerto esta madrugada a los 85 años en el Hospital Militar de Argel tras una enfermedad prolongada. Fue el militar que se puso el uniforme de candidato para intentar frenar con urnas lo que las bayonetas no lograban acabar: una guerra civil que ya había dejado decenas de miles de cadáveres en las calles.
De los cuarteles al balcón de la república en plena matanza
Zeroual llegó al poder en enero de 1994 con la patente de general y la orden explícita de acabar con el Frente Islámico de Salvación (FIS) y sus derivados armados. El país llevaba dos años de baño de sangre desde que el ejército anuló las elecciones que el FIS ganaba holgadamente. La trampa: no tenían plan B. El plan A era disparar. El plan B, inventado sobre la marcha, se llamó Liamine Zeroual.
El general dio un golpe de timón inédito: convocó elecciones y se presentó. Ganas en 1995 con el 61 % de los votos. Occidente respiró. Un cable británico filtrado por Asharq al Awsat resume el alivio diplomático: «No era un presidente, era un paraguas contra la bala perdida». Pero el paraguas tenido agujeros: el GIA y su escisión, el GSPC, siguieron sembrando bombas en mercados, mezquitas y cuarteles. La repuesta fue tan despiadada como desigual: desapariciones masivas, fosas en el sur, vuelos mortíferos lanzados desde helicópteros. La cifra oficial —100 000 muertos— es un redondeo que nadie se cree. Los forenses hablan del doble.

El retiro que no quiso romper ni por un segundo
En abril de 1999 Zeroual entregó el mando a Abdelaziz Buteflika, otro militar con traje civil, y se despidió con un discurso de 12 minutos que olía a naftalina: «Mi misión ha concluido». Se mudó a su pueblo natal en la meseta de Batna y jamás volvió a pronunciar un «sí» cuando lo llamaban para salvar la patria. En 2019, cuando Buteflika cayó tras 20 años de reinado y las calles pedían a gritos un «salvador», Zeroual contó a un sobrino que le habían ofrecido la jefatura de un gobierno de transición. «Les dije que no. Ya di demasiado», confesó. No escribió memorias, no concedió entrevistas, no quiso estatuas. Solo dejó una frase en un papel encontrado después de su fallecimiento: «El que gobierna con tanques acaba siendo un prisionero de ellos». Argelia entera comprueba hoy la certeza de esa sentencia mientras despide al hombre que probó a gobernar un país en llamas con un uniforme y una papeleta.