Mullin toma el timón de seguridad nacional con la misión de borrar la huella de noem

Markwayne Mullin pisó fuerte el jueves en la Oficina Oval, pero sin chaleco antibalas. El gesto fue una declaración de intenciones: quiere deshacerse del espectáculo y devolver al Departamento de Seguridad Nacional su apariencia de institución, no de reality show. A sus 48 años, el ex senador por Oklahoma asume un ministerio herido por la gestión de Kristi Noem —destituida este mes— y por la sombra de dos disparos en Minneapolis que hicieron estallar la confianza pública.

El fin del circo y el inicio de la cuenta regresiva

Mullin no quiere portadas. Quiere números. En su audiencia de confirmación dejó claro que el objetivo es desaparecer de la primera plana en seis meses. Lo que no dijo es que, mientras tanto, ICE debe multiplicar las expulsiones para cumplir la promesa de campaña de Donald Trump. La ecuación es brutal: menos ruido, más deportaciones. La Casa Blanca ya le apretó el tornillo: “Ya sea protegiendo de criminales o expulsando a los peores delincuentes extranjeros, Mullin trabajará incansablemente”, sentenció su portavoz, Abigail Jackson.

El problema no es solo la presión mediática. El presupuesto del departamento sigue congelado por la negativa demócrata a financiar la política migratoria actual. Traducción: tendrá que hacer más, con menos. La inspectoría general le dejó una herencia envenenada: una investigación abierta por contratos millonarios, incluida una campaña publicitaria de 200 millones de dólares que nadie sabe muy bien dónde terminó.

La sombra de corey lewandowski y la cadena de mando rota

La sombra de corey lewandowski y la cadena de mando rota

Dentro del edificio, los agentes respiran con cautela. Bajo Noem, el asesor Corey Lewandowski se había convertido en un segundo jefe informal, exigiendo arrestos exprés y saltándose a la Patrulla Fronteriza. Gregory Bovino, un directivo intermedio, llegó a reportar directamente a la secretaria, algo que en la cultura jerárquica de ICE es como poner el volante en el asiento del copiloto. Mullin prometió devolver el poder a los sheriffs de siempre: los directores de ICE y de Aduanas recuperarán mando. En la práctica, eso significa que la próxima redada no será anunciada por un tuit.

Pero hay un detalle que los críticos no perdonan: Stephen Miller sigue en la sala de máquinas. La mano derecha de Trump en migración no ha soltado las riendas. Claire Trickler-McNulty, ex alta cargo de ICE con Biden, lo resume sin anestesia: “Cambiarán la fotografía, pero la película es la misma”.

El reloj electoral que nadie menciona en voz alta

El reloj electoral que nadie menciona en voz alta

Mientras Mullin promete aplicar la ley “sin carve-outs políticos”, los republicanos en el Capitolio ya miran nerviosos el calendario. A ocho meses de las elecciones de medio término, cada vuelco en la política migratoria puede convertirse en un anuncio de ataque. Mark Morgan, ex director interino de ICE, lo advirtió: “Priorizar solo criminales graves reduciría las cifras y activaría la artillería demócrata”. Traducción: la calle quiere sangre, pero no tanto que provoque una reacción en las urnas.

La primera prueba llegará antes del verano. El Congreso mantiene el dinero secuestrado y la opinión pública exige resultados. Si Mullin logra esquivar la hostilidad sin bajar el volumen de expulsiones, habrá devuelto al departamento su antigua invisibilidad. Si falla, el próximo titular quizá necesite de nuevo el chaleco que él rechazó.