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Mitski transforma un instituto en un templo de la melancolía

Hollywood High School se convirtió en un espacio único el pasado jueves, no como el lugar de aprendizaje de adolescentes, sino como el escenario de una residencia de cinco noches para la aclamada Mitski. La artista, conocida por sus letras introspectivas y melodías conmovedoras, ofreció una actuación que trascendió la simple presentación musical, creando una experiencia visceral y cargada de emociones para un público diverso.

Un escenario inesperado, una conexión íntima

La elección del auditorio de un instituto, con su estética propia de función escolar – escritorios, chaise longue y lámparas de luz cálida – resultó ser un golpe maestro. Mitski, consciente de la atmósfera cargada de nostalgia y tormento adolescente, bromeó con el público: “Estoy aquí para prepararos. Está oscuro, nadie os puede ver. Podéis llorar”. Y la audiencia, un crisol de edades, respondió a la invitación con una oleada de lágrimas, especialmente entre los jóvenes que veían a su ídolo por primera vez. La artista, en una entrevista con NPR’s World Cafe, explicó su deseo de recuperar la esencia de los conciertos DIY y punk, donde la conexión con el público era más cruda y genuina.

Lejos de ser un capricho, la logística para asegurar los tickets fue ingeniosa. El instituto organizó un concurso de asistencia donde los estudiantes que no faltaron a clases durante dos semanas entraron en un sorteo, una iniciativa que, según Michael Reagan, un miembro del personal, resultó ser “la más efectiva de todo el año”. Una estrategia que no solo incentivó la asistencia, sino que también generó expectación y un sentido de comunidad.

Un tributo a la música y a la comunidad

Un tributo a la música y a la comunidad

La resonancia de la actuación fue palpable. Jóvenes como Sophia Barrios, que viajó desde el Central Valley con su padre para celebrar su 18º cumpleaños, describió la música de Mitski como “muy amplia, con múltiples géneros y letras muy personales”. Riona O’Donnell y sus amigas, que también acudieron desde Los Ángeles, encontraron en las canciones de Mitski una forma de expresar emociones que antes no sabían cómo articular. Pero la iniciativa de Mitski va más allá de la música; comprometió una donación de $2 por cada entrada vendida a una organización sin ánimo de lucro que apoya la educación musical juvenil local, y cubrirá los costes de los birretes y las túnicas para los graduados del instituto. Una acción que, según la propia artista, otros músicos deberían imitar.

Para Jessica Torres Vicente, la actuación supuso un viaje nostálgico a su pasado. Regresó a Hollywood High School por primera vez en 12 años, encontrando el auditorio prácticamente intacto. “Es como un viaje por el tiempo, pero con una dosis más sana que un reencuentro”, comentó la terapeuta, quien se sintió atraída por la combinación del nuevo álbum de Mitski y la singularidad del lugar. El concierto mantuvo la esencia de las actuaciones de Mitski – sus movimientos precisos, la inmersión visual y el sonido envolvente – pero la ubicación añadió una capa extra de significado.

Al interpretar la canción “Two Slow Dancers”, Mitski soltó: “¿Huele a gimnasio de instituto aquí?”. La respuesta del público, un unísono “¡Sí!”, encapsuló la atmósfera única que se había creado. La artista, con una sonrisa, añadió: “Es gracioso cómo son todos iguales. Es gracioso cómo siempre lo recuerdas”. Una reflexión que, quizás, resuena en muchos de nosotros: la música, los lugares y las emociones de la juventud dejan una huella imborrable, una resonancia que perdura a lo largo del tiempo.