Nahuizalco despierta: la procesión que anticipa la furia de la semana santa

La madrugada todavía olía a pan recién hecho cuando un burro de madera con Jesús a lomos avanzó por la calle principal de Nahuizalco. No hubo fanfarria, solo el crujido de las flores recién cortadas y el murmullo de los fieles que, con ramas en la mano, empujaban la procesión del Domingo de Ramos como quien abre una puerta que no se toca desde hace un año.

El pueblo que se convierte en jerusalén por un día

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El padre Marcos Zepeda salió sin sotana nueva: lleva la misma desde 2019, desgastada a la altura del cinturón por los miles de aspersiones que ha dado. Agua bendita que cae sobre cabezas infantiles y adultas que repiten el mismo gesto ancestral: levantar la palma, cruzarse, guardar silencio. Lo que nadie cuenta es que detrás del altar hay una caja de cartón llena de ramas sobrantes del año pasado, secas, que servirán para encender los hornos de la panadería El Ángel.

En Nahuizalco, la fe se mide en metros de procesión. Este domingo sumaron 1.200, desde la iglesia de San Juan Bautista hasta el parque central donde los vendedores de atol de elote ya esperan con sus ollas de aluminio. La cifra habla por sí sola: más de 3.000 personas desfilaron, doblaron la esquina de la antigua estación del tren y regresaron, formando un anillo que cerró el círculo simbólico entre la entrada triunfal de Jesús y la condena que se avecina.

Pero hay un detalle que las fotografías oficiales no muestran: a mitad del recorrido, cuando la estatua del Cristo pasó frente a la casa de Doña Rosita, ella salió con un ramo de romero en la mano. No era para bendecir, sino para despedir. Su hijo menor emigró hace tres meses rumbo a Estados Unidos y le dejó encargado el altar doméstico. “Las palmas son para la victoria, pero yo traigo romero, que es para recordar”, dice mientras se persigna con la misma moneda de cinco colones que su madre usaba en 1985.

La procesión terminó a las 11:43 a.m., cuando el sol ya castigaba los adoquines de piedra volcánica. Los monaguillos recogieron las hojas que quedaron en el suelo, las metieron en bolsas de plástico negro y se llevaron el peso de la solemnidad a hombros. En la sacristía, el padre Zepeda guarda el libro de registro: este año firmaron 1.150 feligreses, 200 más que en 2025. No es crecimiento estadístico, es supervivencia de una tradición que en otros pueblos de El Salvador ya se extinguió bajo el peso de las pandillas o la fuga masiva hacia el norte.

Mientras tanto, en la plaza, un grupo de marimbistas afinó su instrumento. No tocarán música litúrgica, sino una cumbia que habla de la resurrección como si fuera un milagro cotidiano. Porque en Nahuizalco, la Semana Santa no es solo teatro sacro: es el momento en que el pueblo se mira al espejo y se reconoce, aunque tenga las manos agrietadas y el futuro en otro país. La próxima procesión será el Viernes Santo, cuando el mismo burro de madera cargue una cruz de cartón piedra y la noche olvidará que aquí, una vez al año, todos fuimos Jerusalén.