Nahuizalco despierta: semana santa con 88% de ocupación y cola por ranas a la plancha

La carretera que baja de Los Chorros ya huele a comino y leña. Es el olor que anuncia que Nahuizalco se quedó sin camas. Hoteles, hostales y hasta los cuartos de abuela registran un 88% de ocupación para la Semana Santa 2026, según cifras que maneja la oficina de turismo de Sonsonate Norte. La cifra habla por sí sola: en dos años la afluencia se disparó un 63%, despegando del magro 31% que cerró 2023.

Un pueblo que se volvió destino

Emanuelle Aguiñada, jefe de Turismo del distrito, repite el número hasta en el mercado nocturno mientras señala la fila que se forma frente al puesto de ranas a la plancha. «Antes éramos parada obligada para ir a Juayúa; ahora la gente se quila tres días para vernos», dice. La estrategia fue romper la excursión de un día en cinco segmentos: religioso, ambiental, gastronómico, artesanal y —la novedad— el «agro-tour» que atraviesa cultivos de rábano y berro hasta la cascada La Golondrinera.

La noche del viernes la plaza se vuelve un laboratorio de olores. Hay atol de elote humeando al lado de mesas de pollo en alguashte que se vende a 4 dólares la porción. Los artesanos ya no regatean: un petate de fibra natural cuesta 45 dólares y llega con sello de exportación. «Ya no pedimos limosna, cobramos lo que vale la mano», resume doña Irma, que teje desde los nueve años y ahora factura en euros.

El día de los 10 mil canchules

El día de los 10 mil canchules

El primero de noviembre pasado la policía contabilizó 10.386 cuerpos atravesando el arco de bienvenida. Era el Día de los Canchules y cada altar repartió tamales de elote y café de olla. El alcalde Hugo Zavaleta recuerda que la ordenanza seca —prohibido beber y fumar en la vía pública— nació tras una trifulca entre borrachos que manchó la imagen del pueblo. «Hoy hasta los surfistas de El Tunco bajan con la familia porque saben que aquí no hay pedos», ironiza.

La cifra de visitantes se duplica en Semana Santa por el retorno de la diáspora. Los vuelos desde Washington y Los Angeles llenan el aeropuerto de Comalapa; las camionetas de alquiler se agotan en Santa Ana. El municipio desplegó 120 policías adicionales y un centro de comando que monitorea 32 cámaras. «No es para presumir, pero no hemos registrado ni un carterazo en lo que va de año», presume Zavaleta.

La economía local respira. Cada turista deja 42 dólares diarios entre hospedaje, comida y artesanía, según el estudio que encargó la Cámara de Comercio. Con eso una familia de agricultores puede pagar la colegiatura de un hijo en la Universidad de Sonsonate sin endeudarse. «El café ya no da; el que salva el año es el que vende atol en la plaza», confiesa don José, que dejó de cortar ladrillo para poner un puesto de elotes asados.

La cascada La Golondrinera suena a selfie constante. El recorrido cuesta 3 dólares y incluye una charla sobre siembra de berro. Al final del sendero hay un puesto de miel de jocote que se agota antes del mediodía. «Vine por una foto y me voy con diez libras de miel», dice una turista alemana mientras revisa su reloj: le quedan 45 minutos para el bus a San Salvador. Nadie quiere perderse el viernes de la procesión del Santo Entierro, cuando las alfombras de aserrín perfuman el pueblo con citronela y clavo.

La próxima apuesta ya está en marcha: un festival de jazz en mayo que traerá músicos de Nueva Orleans para tocar junto a marimbas locales. «Si Dios quiere, llenamos hasta diciembre», calcula Aguiñada mientras cierra su libreta. La fila de la ranas aún no se disuelve. Afuera, la marquesina del arco repite su lema: «Nahuizalco, donde el tiempo se queda a comer». Y el tiempo, como los turistas, parece haber aceptado la invitación.