Netanyahu bloquea al cardenal pizzaballa en el santo sepulcro y desata la tormenta en jerusalén

La policía israelí cerró este domingo las puertas de la Iglesia del Santo Sepulcro al cardenal Pierbattista Pizzaballa justo cuando iba a iniciar la misa de Ramos. La imagen del Patriarca Latino de Jerusalén girando sobre sus talones ante un cordón de agentes ha recorrido el mundo en cuestión de minutos y ha convertido un gesto litúrgico en un símbolo de lo que muchos cristianos temen: que la guerra contra Irán se esté usando para redibujar el mapa religioso de la Ciudad Santa.

Netanyahu justifica el veto por “seguridad” y promete un plan para la semana santa

El primer ministro ha salido al paso con un comunicado que lee como un parte de guerra: «Irán ha atacado con misiles los lugares sagrados», afirma, para explicar por qué un prelado que llevaba meses coordinando su entrada fue rechazado de forma fulminante. La versión oficial habla de amenaza de cohetes; la versión que circula por la Ciudad Vieja habla de cierre de espacios a los cristianos mientras se negocia con los radicales judíos un mayor control del complejo del Sepulcro.

La jugada ha salido rana. La Santa Sede ha protestado con contundencia, la Unión Europea habla de «lesión grave al statu quo» y hasta el propio presidente israelí, Isaac Herzog, ha tenido que llamar al cardenal para ofrecer «pesar» por un «desafortunado incidente». La palabra «incidente» suena a guiño diplomático; la realidad es que el patriarca se quedó sin misa en el día que marca el inicio de la Pascua cristiana.

El diputado odeh denuncia un cambio de reglas encubierto bajo el paraguas de la guerra

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El diputado árabe-israelí Ayman Odeh no se anda con eufemismos: «El Gobierno aprovecha el conflicto con Irán para alterar el statu quo en Jerusalén Este». Odeh ha presentado una queja urgente ante el ministerio de Defensa y ha destapado un dato incómodo: la misa de Ramos no reunía a más de cincuenta personas y contaba con todos los permisos previos. «No hubo problema de seguridad; hubo veto político», sentencia.

La denuncia introduce una grieta en el relato oficial. Si la policía puede impedir la entrada de un cardenal por «riesgo de misiles», ¿puede también vetar a un imán o a un rabino? La pregunta planea sobre los barrios cristianos de la ciudad como un sabor a incienso quemado.

En los próximos días el Gobierno israelí desplegará un «plan especial» para que los líderes religiosos puedan acceder al Sepulcro sin nuevos bochornos. La promesa huele a parche de última hora: si la seguridad era tan apremiante, ¿por qué no se articuló antes? La respuesta la encuentran los comerciantes de la calle David, que llevan semanas viendo cómo aumentan los controles y cómo mengúan los peregrinos: mientras la guerra dure, cada liturgia será una negociación.

Tras el forcejeo diplomático, el cardenal Pizzaballa ha celebrado la misa en la basílica de la Anunciación de Nazaret. Ha sido una ceremonia sobria, sin la carga simbólica del Sepulcro, pero con un añadido que nadie había previsto: la homilía ha terminado con un minuto de silencio por «los que no pudieron entrar». En la puerta de la iglesia, un grupo de cristianos palestinos ha desplegado una pancarta que rezaba «Jerusalén no se vende». La frase, en letras de cartón, resume el miedo que recorre la comunidad cristiana: que la Semana Santa se convierta en un trámite de seguridad y no en una fiesta de fe.