Nicolás cabré se derrite en san juan y aún así cruza el arco: el ironman que casi lo vence

A las 08:16 del domingo, Nicolás Cabré ya no era el galán de televisión que alguna vez despertó suspiros. Era un cuerpo de 45 años que temblaba en la arena del dique Punta Negra, con el sol incidiendo a 38 °C y la ilusión de terminar lo que había empezado. Atrás dejaba 1,9 km de natación que le costaron más de lo previsto; delante, 90 km de bici y un medio maratón que lo esperaban como un interrogatorio sin abogado.

Cuando el cuerpo dice basta, la cabeza paga el precio

El primer aviso fue el km 2 del running: las rodillas se disociaron, la frecuencia cardíaca se le fue a 182 y la mente le propuso la rendición con la misma facilidad con que le entregan el guion de una teleserie. «Exploté por todos lados», confesó en su Instagram, sin maquillaje ni filtro. En ese punto, 1.200 atletas de 35 países lo superaban; él caminaba, tropezaba, volvía a caminar. El cronómetro no perdonaba: cada minuto sumaba ignominia a su peor registro.

Lo que lo salvó fue una red de afectos invisible: en el cuellito del neopreno llevaba bordados los nombres de Rufina y Ro, su hija y su pareja. Cada vez que el asfalto de la avenida Libertador quemaba la planta, repetía esos dos silabarios como letanía. «Si los dejo abajo, ¿cómo les cuento a ellas?», pensó. La frase se convirtió en su muleta emocional.

San juan se convirtió en un quirófano al aire libre

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Los sanjuaninos, veteranos en recibir sudor foráneo, desplegaron un coro improvisado. «¡Vamos, Nico!» resonaba en cada curva del circuito, como si el público entendiera que su función era oxigenar pulmones ajenos. Sin ese clamor, Cabré admite que se hubiese retirado en la zona de hidratación del km 8. En cambio, avanzó. Caminó la meta, eso sí, pero la cruzó. El arco del Teatro del Bicentenario lo recibió a las 12:54, cuatro horas y medio después de la partida, con el sol ya despiadado y su nombre apenas audible en el altavoz.

La medalla de finisher pesa 138 gramos, el peso de un sueño humilde. «Es la peor marca que tengo, pero la que más me costó», dijo después, mientras se la colgaba como quien cuelga una corbata al salir de una oficina. El dato es demoledor: en sus cuatro Ironman previos nunca había superado las seis horas; este vez firmó 6 h 38 min. La derrota numérica, sin embargo, no le restó valor al trofeo.

El antecedente que nadie recuerda: un cigarrillo a los 37 años

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Lo que pocos repiten es que Cabré llegó al running para dejar el tabaco. Hace ocho años pesaba 12 kilos más y fumaba dos atados diarios. Su primer par de zapatillas las compró en promoción y corrió 400 metros antes de vomitar. Ese día juró que correría un maratón. Ahora ya suma 16. El Ironman de San Juan fue, en cierto modo, la excusa para medir cuánto se alejaba de aquel hombre que se apagaba a fuego lento en un balcón de Palermo.

El domingo, la respuesta fue contundente: se aleja lo justo para no olvidar que el abismo siempre está a dos pasos. «El deporte me salvó la vida», repite, y la frase suena a evangelio de ex adicto. Por eso, cuando se le pregunta si volverá, responde antes de que terminen la pregunta: «Claro. Pero el próximo lo quiero disfrutar, no sobrevivirlo». La promesa, como su respiración tras cruzar la meta, se escucha entrecortada pero real.

San Juan guardará la imagen de un actor que prefirió caminar ante millones antes que rendirse ante sí mismo. Y esa, ni los cronómetros ni la farándula la pueden medir.