Nigeria rescata a 150 civiles de una emboscada yihadista en borno

Los helicópteros nigerianos aterrizaron en Buratai con 150 civiles dentro. Algunos lloraban. Otros, los más jóvenes, miraban al suelo como si aún no creyeran que la pesadilla había terminado. Las tropas que los escoltaban habían cruzado el límite entre Kamuya y Buratai a las 14:50 del lunes cuando los hombres de Boko Haram saltaron de la maleza con fusiles y la consigna de llevarse a todos.

Un ataque que buscaba sangre y propaganda

El plan era simple: secuetrar a la mayor cantidad de personas posible, subir el vídeo a Telegram y reclutar. Pero los drones del Ejército ya los habían detectado. Lo que siguió fue una refriega de dos horas donde cinco soldados quedaron tendidos por la explosión de un artefacto casero. Los heridos aún están en el hospital militar de Maiduguri y dos podrían perder una pierna.

El noreste de Nigeria lleva quince años convertido en campo de tiro. ISWAP, la escisión que desde 2016 firma sus crímenes como “Provincia del Estado Islámico en África Occidental”, disputa el territorio a la facción histórica de Boko Haram. Entre ambos han matado a más de 40 000 personas y desplazado a dos millones. El lunes solo pretendían sumar 150 nombres a la lista.

Lo que nadie cuenta es que el pueblo de Buratai ya fue atacado en 2020. Regresaron los supervivientes, reconstruyeron las casas de ladrillo rojo y volvieron a sembrar sorgo. Ahora, las familias reunidas en la plaza del mercado repiten la misma pregunta: “¿Hasta cuándo?”.

La respuesta de los cuarteles: más fuego aéreo

La respuesta de los cuarteles: más fuego aéreo

Desde finales de diciembre, aviones estadounidides y nigerianos bombardean campamentos en los estados de Sokoto y Kebbi. El objetivo es Lakurawa, una célula que juró fidelidad al Estado Islámico en el Sahel. Las fuentes del Ejército aseguran que han “neutralizado” a 120 yihadistas, pero en la zona nadie ha visto los cadáveres.

La cifra habla por sí sola: en lo que va de año, Borno ha registrado secuestros masivos cada semana. El lunes se frustró uno. Quedan otros tantos que nunca llegarán a los partes oficiales.

En el hospital de Maiduguri, un sargento herido me susurra antes de entrar al quirófano: “Ellos regresan siempre. Nosotros también”. La frase se queda colgada en el aire, como el polvo del desierto que esta mañana vuelve a cubrir la carretera entre Buratai y Kamuya.