Olivera desata la polémica en debate: 8 % del pbi para educación y insultos a rivales

Fernando Olivera irrumpió anoche en el Centro de Convenciones de San Borja con la cadencia de quien ya no tiene nada que perder. En apenas dos minutos y medio, el candidato de Frente de la Esperanza 2021 convirtió su turno en un ring verbal: calificó de «mitómano miserable» y «ladronzuelo» a sus adversarios, prometió destinar el 8 % del PBI a educación y desafió a los moderadores a cortarle el micrófono. Lo lograron. El crono marcaba 00:00 cuando terminó la frase «cuando un pueblo sabe, no lo engaña nadie».

El 8 % que nadie ha prometido

La cifra habla por sí sola: 8 % del Producto Bruto Interno equivaldría a unos 19 000 millones de soles anuales, más del doble del presupuesto actual del Ministerio de Educación. Olivera no solo lanzó el número; lo grapó a un plan de desayunos y almuerzos escolares que, según su equipo, alcanzaría a 3,2 millones de menores en riesgo de desnutrición crónica. La promesa rompe con el techo histórico del país —4,2 % del PBI en 2022— y se acerca a la media que la UNESCO marca como ideal, pero que ningún gobierno peruano ha tocado jamás.

El ex fiscal de la época de Alberto Fujimori sabe que su candidatura ronda el 2 % de intención de voto, según Ipsos. Por eso apuesta todo a un solo tema: la educación como arma de clase. «La escuela pública es el único casino donde el pobre puede ganarle a la élite», le dijo a este diario hace una semana, repitiendo el mantra que ayer arengó desde el podio.

Insultos que el jne no castará

Insultos que el jne no castará

El reglamento del Jurado Nacional de Elecciones prohíbe «expresiones denigrantes» y estableció un sistema de tarjetas amarillas, pero Olivera ya partía con una por alteraciones previas. La organización prefirió no interrumpirlo cuando soltó la andanada: «No lo engaña una japonesa, ni un mitómano miserable, ni un ladronzuelo». El apodo «japonesa» remite a Keiko Fujimori, aun él no la mencionó. El «mitómano» es una cáscara que encaja con varios rivales, pero la sala interpretó que apuntaba a Yonhy Lescano. El «ladronzuelo» flota en el aire como una gaviota que puede aterrizar donde sea.

Tras el debate, el jurado informó que «analizará» las expresiones, pero descartó sanciones inmediatas. La razón: Olivera no mencionó nombres. El vacío legal lo protege.

El aprista que le devolvió fuego

El aprista que le devolvió fuego

Enrique Valderrama, postulante del PAP y ex viceministro de Vivienda, esperó su turno para devolverle la pelota. «El señor Olivera fue el artífice de la corrupción en el gobierno de Toledo», espetó, rememorando el caso Cócteles por el que el ex congreso fue acusado de recibir US$ 9 000 de la embajada de Venezuela. La acusación obligó a los moderadores a levantar la voz. El crono siguió corriendo. Nadie pidió perdón.

La escena resume la noche: doce candidatos, doce monólogos y un público exhausto que, según datos de América TV, abandonó la pantalla en bloques del 18 % cada vez que se encendían las luces rojas del tiempo.

¿Por qué esto importa hoy?

Porque la educación vuelve a ser la moneda de cambio electoral. Porque el 8 % del PBI ya forma parte del vocabulario de otros candidatos que ayer miraron al techo cuando Olivera hablaba. Porque en un país donde la mitad de escolares de secundaria no comprende un texto de 500 palabras, la promesa de un plato de comida y un libro empieza a sonar más a supervivencia que a campaña. Y porque, en la recta final hacia el 2026, la única certeza es que el insulto ya no espanta; lo que espanta es el silencio.

La segunda ronda de debates concluye el 1 de abril. Olivera prometió volver con «más datos y menos máscaras». El reloj corre. Y el pueblo, según él, ya sabe.