Olivera entra al debate escupido y con el puño en alto: la calle desbordó al jne

El agua le cayó justo cuando decía que derrotaría «al sistema». Un escupitijo le cruzó la cara, el micrófono se mojó y la muchedumbre de San Borja estalló en gritos. Fernando Olivera llegó al Centro de Convenciones como quien se mete en una rueda de molino: sin escolta policial visible, con la camioneta rodeada y la voz ronca de denunciar que le habían «reglado» el vehículo y la vida. La segunda ronda del debate presidencial empezó antes de que nadie suba al estrado: afuera, la política peruana volvió a su forma más cruda.

La aviación se convirtió en trinchera

Las 18:28 encontraron la avenida Aviación convertida en túnel de sirenas y empujones. Cámaras de América y Canal N captaron el momento exacto: un tipo con gorra de visera lanza un pet desde la vereda, el líquido salpica a Olivera, a dos periodistas y a una señora con la bandera de Acción Popular. En cuestión de segundos, un grupo con camisetas apristas intercepta el paso, otro responde a empujones y la calle se llena de «¡fuera!» y «¡asesinos!». El candidato no se encarama al techo del 4x4 como suele; se mete entre sus asesores y avanza como quien atraviesa un campo de minas. «¡Esto es el APRA, siempre igual!», vocifera mientras su gente lo encañona hacia la entrada. Afuera, nadie ve un solo policía.

Lo que siguió fue una cadena de cobardías grabadas en vertical. Eduardo Sarmiento, reportero de La Rotativa, recibe un gancho en la mandíbula cuando intenta levantar el celular. «Me quisieron romper la cámara, me dieron de puño y corrían», me cuenta minutos después con la camisa desgarrada. Su compañera de producción recibió un codazo en el pómulo; la garganta le quedó semivoz. Más cerca del cruce con Comercio, un camarógrafo de RPP termina con el lente partido y el labio hinchado. La prensa, ese viejo enemigo que todos necesitan, se convirtió en saco de boxeo entre bandos que ni siquiera se conocen de nombre.

Olivera carga contra el fantasma aprista y el jne se hace el sueco

Olivera carga contra el fantasma aprista y el jne se hace el sueco

Dentro del recinto, el candidato pide un micrófono de prensa antes de pasar al 'backstage'. Su discurso ya no es de campaña; es denuncia penal. «Me están matando, me están robando, me están amenazando», repite con el puño en alto. Señala que desde la tolva de la camioneta le robaron mochilas con tablets y documentos de auditoría. Lanza la frase que luego será titular: «El APRA nunca cambia, su violencia es genética». El Jurado Nacional de Elecciones, por su parte, emitió un comunicado de cuatro líneas: «lamenta los hechos» y promete «investigar». Ninguna autoridad del JNE salió a la puerta a recibir a los periodistas golpeados. La única seguridad visible eran los guardias de seguridad privada del centro, que miraban para otro lado cuando los puños volaban.

El debate, en sí, transcurrió con normalidad protocolar. Pero afuera, la fiesta de disfraces y botargas de días anteriores quedó sepultada bajo insultos y botellas vacías. A las 21:40, cuando los candidatos debatían sobre reactivación económica, en la vereda aún había una cola de vehículos con vidrios rajados y reporteros buscando testigos. La policía llegó cuando el último candidato ya había entrado. Dos patrulleros, seis efectivos. Una cifra que habla por sí sola.

La lección es tosca: en Perú, el escenario ya no está dentro del estudio. La política se decide —y se paga— en la calle. Olivera salió ileso del debate, pero con una cuenta pendiente: prometió «quemar el último cartucho» contra la corrupción. Anoche, la pólvora empezó a oler a agua sucia y a puños cerrados. Y nadie garantiza que el próximo 6 de abril, cuando se reabran las puertas de San Borja, haya alguien dispuesto a devolverlos.