Pakistán arranca su austeridad: 60 % menos de coches oficiales y el fmi respirando en su nuca

Shehbaz Sharif ha dicho basta. Este lunes, el primer ministro pakistaní ha ordenado retirar de golpe seis de cada diez vehículos oficiales, congelar parte del gasto de desarrollo y subir el impuesto al combustible de los coches de lujo. El motivo: el petróleo se encarece por la crisis del Golfo y el Fondo Monetario Internacional vigila cada rupee.

La hora de los recortes

La medida es tan contundente como simbólica. En un país donde el funcionario medio suele tener chofer y donde la flota gubernamental supera los 80.000 coches, dejar paralizada la mitad de la movilidad del Estado es una fotografía que Sharif quiere que circule por WhatsApp antes que por los medios. «La secuencia de sacrificios empieza arriba», ha declarado.

El plan, aprobado en una reunión de gabinete que se alargó más de tres horas, incluye una reducción inmediata del 15 % en el presupuesto de desarrollo público. La cifra habla por sí sola: unos 600 millones de dólares que dejarán de fluir a carreteras, escuelas y hospitales hasta que las reservas de combustible y las arcas estatales respiren.

Pero hay un detalle que nadie menciona en el comunicado oficial: Islamabad acaba de recibir el visto bueno del FMI para un desembolso de 1.200 millones de dólares, el último tramo de un rescate que empezó hace tres años. El organismo ha puesto como condición «eliminar cualquier subsidio que distorsione los precios energéticos». Traducción: si el crudo sigue subiendo, la subida de impuestos de este lunes será solo el aperitivo.

Gasolina de élite y diplomacia a la carrera

Gasolina de élite y diplomacia a la carrera

El Ejecutivo ha subido el gravamen al combustible de alto octanaje, el que llenan los Land Cruiser de los senadores y los BMW de los embajadores. La medida, según la Oficina de Inteligencia, afecta solo al 3 % de los conductores, pero genera un 12 % del ingreso fiscal por venta de gasolina. Es un guiño a los técnicos del FMI que revisan las cuentas desde Dubai.

Mientras tanto, Sharif ha ordenado a su ministro de Exteriores intensificar los contactos con Teherán y Riad. El objetivo: rebajar la tensión regional y, de paso, el riesgo-premio que encarece cada barril que llega por el estrecho de Ormuz. La jugada es tan económica como geoestratégica; cada dólar que baja el crudo reduce en 250 millones la factura anual de importaciones pakistaníes.

El mensaje para la calle es claro: «Los sectores más débiles no serán abandonados». El problema es que el 40 % de los 230 millones de pakistaníes ya vive por debajo de la línea de pobreza. Para ellos, la promesa se mide en raciones de trigo, no en fotos de ministros en autobús.

Lo que nadie cuenta es que el Gobierno ha dejado intactos los subsidios al gas natural licuado, el verdadero drenaje fiscal. El FMI lo sabe y ya ha advertido: «Estén preparados para subir tipos si la inflación se dispara». La inflación interanual roza el 28 %, su nivel más alto en 50 años.

El país guarda reservas para 45 días de importaciones, apenas una hora y media de partido de cricket. La próxima revisión del Fondo llega en junio. Si los precios del crudo no ceden, Sharif tendrá que elegir entre mantener el subsidio al pan o la paz social. La austeridad, hoy, es solo una fotografía. En verano, puede convertirse en un motín.