Pakistán se erige en el improbable árbitro entre irán y ee.uu.

Shehbaz Sharif ha convertido Islamabad en el centro de gravedad de una negociación que nadie —ni Teherán ni Washington— quería verse forzada a aceptar. En menos de 48 horas, el primer ministro paquistaní ha recibido a los cancilleres de Arabia Saudí, Turquía y Egipto, ha hablado por teléfono con Wang Yi y ha recibido el visto bueno de la ONU. El mensaje es claro: la guerra ya no es un asunto bilateral, es una factura que la región entera se niega a pagar.

El telón de fondo: un conflicto que se les escapa de las manos

Desde el 28 de febrero, los misiles iraníes y las represalias estadounidenses han dejado en evidencia la fragilidad de los acuerdos tácitos que mantenían a raya el fuego. Lo que empezó como una escalada limitada —ataques a bases, sabotajes a petroleros— ha derivado en un intercambio de golpes que ya afecta a Kuwait, Qatar y los pasos de Hormuz. La frase que más se repite en los despachos de Islamabad es la misma: «Si esto se sale del corral, nos arrastra a todos».

Sharif lo sabe. Por eso ha convocado a los tres pesos pesados del islam sunita. Necesita que Riad presione a Washington, que Ankara le abra canal con Moscú y que El Cairo le preste la legitimidad árabe que siempre ha carestizado Pakistán. El resultado: una foto en la residencia de la Monclau pakistaní y un comunicado que habla de «tregua duradera» sin mencionar ni una sola vez la palabra Israel, el elefante en la habitación que nadie se atreve a nombrar.

La jugada china: prestigio a cambio de gasodólares

La jugada china: prestigio a cambio de gasodólares

La llamada de Wang Yi no fue de cortesía. China necesita que el petróleo iraní siga fluyendo sin sobresaltos hacia el puerto de Gwadar, la joya del Corredro Económico Pakistán-China. Pekín ha ofrecido a Islamabad un crédito contingente de 5.000 millones de dólares —a renovar cada seis meses— si logra congelar los bombardeos por al menos 90 días. El truco: el dinero se desembolsa solo si los inspectores chinos certifican que no ha habido «incidentes» en el Golfo. De facto, Islamabad se convierte en el garante de paz que China paga por resultado.

El Departamento de Estado, por su parte, ha aceptado la mediación paquistaní porque le sale gratis. Antony Blinken no viajará a la zona; enviará a un subsecretario de nivel medio. La condición: que Irán pare los enriquecimientos al 60 % antes de sentarse. Teherán ha respondido que «negociar bajo amenaza es un oxímoron», pero en privado ha transmitido a Islamabad que estaría dispuesto a congelar si Arabia Saudí reabre su embajada en Irán en menos de 30 días. El trueque es viejo: seguridad por legitimidad.

El precio de ser puente: entre la gloria y el cadalso

Pakistán no puede darse el lujo de fallar. Su economía se desmorona: reservas para 6 semanas de importaciones, inflación del 38 % y un ejército que ya consume el 17 % del presupuesto. Un fracaso diplomático ahora significaría la ruina total. Por eso Sharif ha puesto a la ISI —los temidos servicios secretos— a escuchar todos los teléfonos de los delegados. Necesita saber antes que nadie quién romperá la tregua primero.

La apuesta es brutal: si logra un alto el fuego de 72 horas, Islamabad se coloca como el único interlocutor válido entre el mundo islámico y Occidente. Si falla, la ira de Washington y la deslealtad de Riad lo sepultarán bajo sanciones y deudas. La próxima semana será la más larga de la vida política de Shehbaz Sharif. Y, paradójicamente, la que decida si Irán sigue siendo un país o se convierte en un episodio de infinito loop bélico que Netflix estrenará dentro de dos años.