Planas se juega la silla de la fao en una batalla de egos europeos
Luis Planas aterrizó en Bruselas con la certeza de que lleva meses preparando el terreno y la duda de que sus socios le tienden la alfombra roja o la trampa de un callejón sin salida. El ministro de Agricultura se presentó ante la prensa como «candidato de España» a la dirección general de la FAO, pero en el pasillo del Justus Lipsius la pregunta que circulaba era otra: ¿logrará Bruselas cerrar filas o será la presidencia del organismo la próxima pieza de un ajedrez donde cada país mueve su torre sin mirar al rey común?
El reloj arranca en 2027, pero la carrera ya corre
El calendario marca elecciones entre junio y julio de 2027, sin embargo las alianzas se fraguan ahora o nunca. Planas lo sabe. Por eso repite como un mantra la necesidad de una «candidatura europea única» mientras calcula cuántos votos puede arrancarle a Maurizio Martina —el italiano que ya campa como subdirector en la sede de Roma— o al irlandés Phil Hogan, veterano de las guerras comerciales en la Comisión. La aritmética es tozuda: 194 países miembro, 51% para ganar y un continente dividido que históricamente prefiere mirarse el ombligo antes que ceder poder.
La jugada de Planas pasa por convertir la geografía en baza: habla de España como puente con América Latina, con África y con Asia, como si los 22 años de presencia del chino Qu Dongyu en el timón no hubieran tejido ya sus propias redes. El ministro presume de «experiencia política y gestión» frente a la técnica de Martina y la influencia de Hogan en los pasillos de la OMC, pero los embajadores consultados apuntan un punto débil: el peso específico de Madrid en la mesa de contribuciones. El Fondo de la FAO vive de lo que cada país pone y España, con 52 millones de euros anuales, duplica la cuota de Italia pero se queda lejos de los 180 millones que desembolsa Alemania. La cartera importa tanto como los contactos.

El fertilizante como arma de negociación
En la sala de prensa Planas deslizó la clave que nadie había puesto encima de la mesa: la crisis de los fertilizantes. El precio del amoníaco se disparó tras la invasión de Ucrania y el ministro español quiere liderar un plan de stock estratégico para el sur del mundo. La propicia seducción: quién controle la seguridad de los nutrientes controlará el voto de los 54 países africanos que el próximo mandato serán más de la mitad del censo electoral. La contrapartida es clara: Bruselas aportaría los fondos, España el discurso y la FAO la estructura. Un triángulo que, de cuajar, blindaría a Planas frente a la interna europea.
El riesgo es que Italia juegue la misma carta. Martina ya pilotó el Programa de Alimentación Escolar y conoce los vericuetos del presupuesto de Roma. Además, el primer ministro Meloni ha empezado a sondear a Polonia y Hungría con la promesa de desbloquear fondos de cohesión si respaldan al transalpino. El escenario se tensa: dos socialistas —Planas y Martina— frente a un liberal —Hogan— en una institución donde el bloque occidental ya no dicta la ley. El sur global quiende la mano al que más dé.
El ministro cerró su intervención con la frase que mejor resume la apuesta: «Esto es una maratón, no un sprint». Cierto, pero en los 800 metros iniciales ya se respira sudor. La diplomacia española confía en que el Consejo Europeo de junio fije una posición común; los asesores de Planas trabajan con el calendario de Qu Dongyu, cuyo segundo mandato expira en agosto de 2027. La cuenta atrás acaba de empezar y la primera prueba de fuego será quién logra sentarse a la mesa de la COP29 con la etiqueta de «candidato oficial» del bloque que presume de haber inventado el multilateralismo. En los pasillos de la FAO ya se cuchichea: la silla está caliente y el termómetro solo subirá.