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Murió la jueza que le puso cara a los bebés robados por la dictadura

María del Carmen Roqueta se llevó el silencio de los tribunales. La mujer que obligó a Jorge Rafael Videla a escuchar que el robo de bebés fue un plan, no un desmadre de cuarteles, falleció este domingo. Tenía 78 años y una carpeta llena de sentencias que todavía hacen temblar a los uniformados.

La frase que hizo llorar al casino de oficiales

El 6 de julio de 2012, Roqueta subió al estrado del Tribunal Oral Federal 6 con la voz quebrada pero firme. Leyó durante cuatro horas. Cada párrafo era una cachetada a la impunidad. Cuando dictó la condena a 50 años de prisión para Videla por el Plan Sistemático de Apropiación de Menores, varios oficiales retirados que esperaban el veredicto en el pasillo se taparon la cara. Fue la primera vez que la Justicia argentina reconoció que los bebés no eran botín de guerra: eran objetivo militar.

Roqueta no era de las que firman y se van. Se sentaba en los juicios con un cuaderno rayado donde anotaba los nombres de las madres que aún no habían encontrado a sus hijos. Llevó adelante las causas Fontana-Sandoval, Madariaga-Quintela y Médicos de Campo de Mayo. En cada una aplicó la misma receta: horas de declaraciones, pericias de ADN y una paciencia de monja para desentrañar la cadena de mando que convertía cunas en celdas.

El legado que nadie quiere heredar

El legado que nadie quiere heredar

Desde que dejó el tribunal en 2016, Roqueta dio clases en la Universidad de Palermo y en el Museo Sitio de Memoria ESMA. A los alumnos les decía que la ley es un oficio de carpinteros: hay que tallar la madera de la verdad sin que te entre el miedo por las rendijas. El último 31 de mayo, participó del acto por el décimo aniversario del museo. Apenas pudo terminar la frase: «La memoria no es un acto de fe, es un acto de justicia». Los micros de Abuelas de Plaza de Mayo la despidieron con una foto de 1984, cuando recién empezaba a investigar desapariciones y todavía no sabía que terminaría enfrentando a los jefes de la dictadura.

La despedida fue en Casa América, en Acevedo 1120. Entre las 20 y la 1 de la madrugada pasaron más de 600 personas. Había ex presos políticos, estudiantes de derecho y una mesa llena de tazas de café frío. Al salir, varios se quedaron mirando el cielo raso: el mismo lugar donde una vez Roqueta había colgado los nombres de los bebés robados para no olvidar ninguno.

Con ella se va la última jueza que vio llorar a Videla en el banquillo. Quedan los expedientes, las sentencias y 128 nietos recuperados que ahora tienen un apellido y una fecha. El resto es silencio. Y silencio también es respuesta.