Resucita en ciudad real la sanguijuela que curaba antes que la aspirina

Un par de pantalones mojados y la cámara de Francisco Bermejo han devuelto a la vida la Hirudo medicinalis, la sanguijuela que sangraba a los enfermos cuando los médicos aún no sabían escribir. El fotógrafo la encontró en un regato de Horcajo de los Montes, a las puertas de Cabañeros, y con ese hallazgo rompe cuarenta años de silencio oficial en Ciudad Real. El Ministerio no registraba un ejemplar desde los tiempos de la Transición.

La sangre que no se cuaja

La ministra de la picadura es tan fina que apenas se siente. Lo que viene después es otra historia: la saliva de la bestezuela inyecta una droga anticoagulante —la hirudina— que convierte la herida en un grifo abierto durante horas. Los cirujanos del siglo XIX se frotaban las manos: sangrar al paciente era sinónimo de curar. Llegaron a importar 50 millones de ejemplares desde los pantanos franceses. Hoy la sustancia se fabrica en tanques de fermentación, pero la criatura original escasea hasta la desesperación.

La lista de culpables es la de siempre: pesticidas, arados que secan marjales, abonados que acaban en los arroyos. Por eso el avistamiento de Bermejo ha encendido las alarmas del MITECO. Los técnicos corren ahora contra el reloj: confirman la especie con lupa y PCR antes de que alguien la confunda con una sanguijuela americana, invasora y sin patentes que cobrar.

Del barbero al quirófano

Del barbero al quirófano

La farmacopea actual ha sustituido al gusano por la molécula. Lepirudina, desirudina y bivalirudina —todos derivados de la hirudina— se inyectan en pacientes con riesgo de trombos cuando la heparina falla. No necesitan antitrombina, no las desactivan las proteínas rebeldes y se administran en prótesis de cadera sin piedad. La sanguijuela, convertida en polvo estéril, sigue salvando vidas en la UVI.

Pero hay un nicho donde el animal sigue siendo el protagonista: la cirugía plástica. Los microcirujanos dejan que se enganchen a los colgajos recién injertados. La succión drena la sangre congestionada y la saliva libera un vasodilatador que irriga el tejido. Resultado: menos necrosis, menos cicatrices. Un gusano de dos gramos sustituye a la aspiradora del quirófano.

Francisco Bermejo no lo sabía cuando apretó el disparo. Solo buscaba una libélula y se topó con un vampiro prehistórico. Ahora su foto decora el expediente que puede reabrir la puerta a la repoblación de un parásico que, paradójicamente, cura. En los pantanos de Cabañeros, la sanguijuela medicinal sigue latente, esperando que alguien vuelva a mirar el agua con el mismo temor y reverencia que los barberos del siglo XIX.

40 años de ausencia, 700 especies de gusanos en el planeta y una sola que se cobra la renta por su saliva. El próximo verano, los biólogos volverán con redes y guantes. Si la encuentran de nuevo, la declararán patrimonio natural. Si no, quedará como una anécdota en el archivo del fotógrafo: la sanguijuela que regresó para demostrar que, a veces, la medicina avanza más despacio que la naturaleza que intenta sustituir.