Rosalía derrumba el movistar arena y regresa más grande que nunca
Cinco días después de cancelar en directo su concierto en Milán por una intoxicación alimentaria, Rosalía entró al Movistar Arena el lunes 30 de marzo como si el cuerpo nunca le hubiera fallado. Las 15.600 personas que llenaron el recinto lo sabían, lo temían y, cuando empezó a sonar 'Sexo, violencia y llantas', lo olvidaron todo.
Una bailarina de juguete que se convierte en tormenta
El arranque fue teatro puro. Unas pantallas blancas simulando el reverso de un cuadro, la firma de la artista, la palabra Lux y, de repente, un ejército de bailarines liberando a Rosalía de una caja. Enfundada en tutú y zapatillas de punta rosas, ejecutó pliés y relevés como si llevara toda la vida en el ballet clásico, que en cierta forma lleva. El público no cantaba. No hablaba. El silencio en un recinto de esas dimensiones tiene un peso físico que pocas veces se siente, y ella lo construyó con una precisión quirúrgica.
La Heritage Orchestra londinense, una veintena de músicos instalados en un foso central con forma de cruz latina, sostenía la arquitectura sonora mientras un botafumeiro de luz y humo reinaba sobre sus cabezas. La iconografía religiosa no era decoración: era el argumento. Desde el velo de 'Mio Cristo piange diamanti' hasta el confesionario en el que la youtuber Soyunapringada subió a narrar sus pecados sentimentales, Rosalía construyó una liturgia propia donde el duende flamenco, la mística barroca y el pop de estadio conviven sin pedirse perdón.

El giro que nadie esperaba pero todos necesitaban
Llegado el ecuador de la noche, el ballet murió. Apareció una peluca imitando el peinado de María Antonieta y con ella llegó el twerk, el culotte rosa fucsia y la versión tecno de 'Berghain'. Corsé abierto, botas de cordones, toda de negro. La misma artista que había flotado entre relevés ahora pisaba fuerte en una rave imaginaria. La mutación no es un truco escénico: es la tesis del espectáculo.
Con 'La fama' se dirigió a los chulapos y chulapas de la sala. Con 'La combi Versace' arrancó una ovación larga, de esas que no se aplauden sino que se sienten. Luego llegó el tercer acto, con Macarines y sus cajones flamencos, que llevan acompañándola desde 'Los Angeles'. Un vestido blanco semitransparente, guantes negros y la sensación de que el tiempo se dobla sobre sí mismo cuando Rosalía decide invocar de dónde viene.

Madrid, el louvre y una copa de vino blanco encima de un piano
Antes de que todo eso ocurriera, hubo un momento de pausa. Muy emocionada, sin poder contener las lágrimas, Rosalía habló de Madrid como de un lugar que la formó. Recordó haber cantado en Casapatas hace más de una década, haber sentido allí el duende como en ningún otro sitio.