Rusia arrasa kramatorsk: tres civiles muertos y un niño de 13 años entre los escombros

Un misil ruso atravesó la tarde de ayer el corazón de Kramatorsk. El impacto destruyó una cafetería y un bloque de pisos, dejando tres cadáveres y un silencio que huele a pólvora. Entre los muertos hay un niño de 13 años que había salido a comprar pan. Su bicicleta quedó retorcida junto a la acera, como si el tiempo se hubiera detenido a las 17:43, justo cuando el proyectil estalló.

La cifra habla por sí sola: 17 heridos, 7 de ellos en estado crítico

La cifra habla por sí sola: 17 heridos, 7 de ellos en estado crítico

El hospital militar de la ciudad desatendió la alarma y recibió una avalancha de cuerpos cubiertos de ceniza. Los equipos de emergencia trabajaron con linternas porque la explosión cortó la luz. Un médico confesó entre sollozos que la sala de pediatría se había convertido en improvisado quirófano: «No teníamos suficientes camillas, así que operamos sobre mesas de madera».

El gobernador de Donetsk, Vadim Filashkin, eleva la cifra de damnificados a 17 y advierte que el número puede crecer. Los equipos de rescate siguen removiendo escombros con las manos; buscan un móvil que suena bajo toneladas de hormigón. La familia del niño aún no ha sido informada: la madre permanece en shock en el pasillo, repitiendo el nombre de su hijo como quien reza un rosario roto.

Moscú no ha reconocido el ataque, pero el módulo de inteligencia de la OTAN detectó el despegue de un Iskander desde territorio controlado por separatistas a las 17:38. Cinco minutos después, la guerra volvía a cobrarse la infancia de Ucrania. Este es el cuarto bombardeo sobre Kramatorsk en lo que va de mes; el balance suma ya 11 muertos y 49 heridos, sin contar los desaparecidos.

En la plaza central, a 200 metros del cráter, una anciana vende flores de papel para costearse el billete de tren a Dnipro. «Si me quedo, la próxima será para mí», dice mientras retuerce un clavel blanco. Su nieto, de la misma edad que el niño muerto, juega a los soldados con una pistola de madera. El círculo se cierra: la guerra alimenta su propia historia.

La comunidad internacional reaccionó con la habitual letanía de condenas. La ONU habló de «violación del derecho internacional»; la UE prometió nuevas sanciones que llegarán tarde, como siempre. Mientras, en la estación de Kramatorsk, los trenes de evacuación siguen llenos de asientos vacíos: los niños ya no ocupan esos lugares, y sus mochilas escolares viajan solas en los compartimentos.

El ataque de ayer no cambiará el curso del frente, pero dejará un agujero en la memoria colectiva de una ciudad que lleva diez años escuchando sirenas. La cicatriz está en la acera de la calle principial, donde todavía se ve la sombra calcinada de una bicicleta. Basta agacharse para leer, entre los escombros, el nombre del niño grabado con rotulador en el cuadro de la rueda trasera: «Sasha, 13». El futuro de Kramatorsk mide dos metros y acaba de ser enterrado bajo toneladas de cemento y silencio.