Rusia bombardea ucrania con 442 drones y un misil hipersónico: los niños de mikoláyiv pagan la factura
La noche del sábado olía a pólvora en Dnipro. Mientras la gente encendía los hornos para la cena, 442 drones y un Kinzhal —ese misil que vuela a Mach 10— salieron del interior de Rusia con un único destino: pulverizar lo que queda de la infraestructura civil ucraniana. El mando aéreo de Kiev da la cifra de 380 aparatos interceptados, pero los 16 que se colaron bastaron para convertir la comunidad de Voskresenska, en Mikoláyiv, en un patio de colegio destrozado por la metralla.
Los niños primero
Ocho menores, entre 10 y 16 años, duermen hoy conectados a ventiladores. La mujer de 40 años que los vigilaba ya no tiene espleen: los médicos la sedaron para extraerle metralla del hígado. El balance oficial habla de diez heridos, pero en el grupo de Telegram de Mikoláyiv circula una lista privada que suma tres desaparecidos. El hospital de distrito ha colgado fuera un cartón con la siguiente consigna: «Se busca sangre tipo O negativo». La tinta corre bajo la lluvia. Nadie se da prisa: la ciudad lleva 48 horas sin calefacción.
El ataque fue una coreografía estudiada. El Misil Kinzhal despegó desde Riazán, a 500 km de Moscú, para abrir el cielo a la oleada de Shahed que venían después. Los drones volaron en formación de enjambre, a altura de tejado, para burlar los radares. Desde Crimea hasta Briansk, el mapa de puntos rojos parece un arcade de los ochenta: 442 luces que parpadean hasta que las baterías IRIS-T o FrankenSAM las apagan. El 86 % de éxito que presume Kiev no sirve de consuelo a la madre que encontró la bata de su hija colgada en un árbol.

El kremlin pide «presión» a washington
Mientras los equipos de rescate retiraban escombros, Yuri Ushakov, consejero de Putin, concedía una entrevista a la televisión pública rusa. Su mensaje: «EE.UU. tiene propuestas útiles que Kiev se niega a firmar». No mencionó que esas «propuestas» surgieron de una cumbre secreta en Alaska que ni la Casa Blanca ha confirmado. El tono es el de un mayordomo impaciente: Moscú no pide tregua, pide que Washington apriete para que Ucrania acepte un alto el fuego parcial que deje Crimea bajo control ruso. El mismo día, el portavoz de la Fuerza Aérea ucraniana, Ilia Yevlash, respondió con una frase que ya forma parte del folklore militar de Kiev: «Cada Kinzhal que lanzan nos cuesta un millón de dólares en interceptores; cada Shahed, 25.000. Nosotros no tenemos ese presupuesto, pero tenemos el cielo».
La guerra de los números sigue. El sábado, las Unidades de Sistemas No Tripulados ucranianas —ese ejército de pilotos de gamepad— aseguran haber destruido 279 drones rusos en las últimas 24 horas. Añaden 171 soldados «eliminados», cuatro tanques y 55 lanzadores de Shahed. El parte parece un ticket de supermercado: se frotan los 1.305 objetivos destruidos en marzo como quien marca la lista de la compra. Pero fuera del cuartel general de Kiev, la gente ya no pregunta por cifras. Pregunta por la familia del tercero izquierda que ya no contesta al chat del edificio.
El domingo amaneció gris en Dnipro. Las brigadas de descontaminación recogen fragmentos de fibra de carbono que antes eran alas de Shahed. Cada trozo lleva una etiqueta QR que los técnicos escanean para saber de qué lote viene. La respuesta suele ser Iran, 2023. Mientras, en el grupo de Telegram de Mikoláyiv alguien sube la foto de una muñeca sin cabeza entre los escombros. El mensaje que la acompaña es una sola palabra: «Basta». La publicación acumula 3.000 me gusta en diez minutos. A esa hora, dos drones más sobrevolaban todavía la región. El cielo, dicen los expertos, nunca duerme.