Un disparo en san cristóbal desnuda la falla que nadie quiere ver: adultos ausentes
La escuela Mariano Moreno olía a tizas y galletitas cuando un chico de 15 años sacó un arma, mató a un compañero e hirió a otros dos. Santa Fe se paralizó, los noticieros explotaron y los tutores repitieron el mismo manual de siempre: “Hablen con sus hijos, pero sin asustarlos”. Lo que nadie cuenta es que el arma era de su padre, que el nene llevaba meses sin mirar a los ojos a nadie y que, en el aula, la palabra “prevención” sigue siendo un póster olvidado en el pasillo.
La promesa rota de un lugar seguro
Las clases volvieron al día siguiente. Alumnos con mochila y miedo, docentes que improvisan diplomados en psicología de urgencia y directivos que repiten “esto es una excepción”. Pero la excepción ya suma siete episodios similares en lo que va del año. La provincia invierte 140 millones de pesos en seguridad escolar, sin embargo el arma entró como si fuera una regla nueva. La contradiccción duele: hay cámaras, pero no hay contención; hay protocolo, pero no hay psicólogos de planta.
El psiquiatra Andrés Luccisano, del Hospital Italiano, advierte que el daño no viene de la bala, sino de lo que no se hace antes. “Los chicos no explotan de la noche a la mañana; se desangran lentamente entre ausencias”, me dijo en su consulta mientras dibujaba un cronograma de alertas que casi nadie aplica: cambio brusco de rendimiento, aislamiento, frases despedazadas sobre “no valgo nada”. La clave, asegura, está en que un adulto levante la mirada del celular y pregunte antes de que el nudo llegue al gatillo.

El manual que no se lee en las familias
Lorena Ruda, psicóloga especializada en adolescencia, me contó que en sus talleres de padres el 80 % confiesa no saber qué pregunta hacer después de “¿cómo estuvo el colegio?”. La respuesta la da la estadística: el 62 % de los adolescentes argentinos nunca habla de sus problemas con un adulto. Entonces los problemas se mudan al chat del aula, a los pasillos de TikTok, a la mochila donde cabe un arma de bulto. Ruda propone una regla tan simple como olvidada: sentarse a la misma hora tres veces por semana, sin pantallas, y empezar por “¿qué te da miedo hoy?”. No hay app que lo reemplace.
La técnica del “círculo de seguridad” que promueven los expertos no es un PowerPoint: es un gesto. Coger la mano del crío cuando baja del colectivo, recordarle que la directora sabe su nombre, que el preceptor le pidió el parcial de historia. Detalles que, sumados, forman una red. El problema: en muchas escuelas santafesinas hay un psicólogo cada 1.400 alumnos. La red tiene agujeros tan grandes que pasan fusiles.

El dato que naden quiere mirar
El arma estaba registrada a nombre del padre, un empleado municipal que la tenía para “defensa personal”. La investigación preliminar revela que el adolescente sabía dónde guardaba la llave y que había practicado puntería en un descampado. El dato duele: en Argentina hay más de 1,3 millones de armas legales y no existe una obligación de demostrar que están bajo llave dentro de casa. El Código Civil habla de “custodia responsable”, pero no detalla siquiera un candado. Un portazo a la impunidad.
Mientras tanto, el Ministerio de Educación anunció un “plan de fortalecimiento afectivo” que se traduce en diez capacitaciones virtuales para docentes. La mitad de las escuelas públicas de la provincia aún no tiene conectividad estable. El anuncio suena a chiste de mal gusto: se promete contención emocional vía WiFi que no llega.
La próxima escena ya está escrita
Si nada cambia, el próximo aviso será otro nombre en la lista: un acto, una rueda de prensa, un “estamos acompañando a la familia” y la rutina que vuelve a girar. Pero hay una variable que sí puede alterarse: la presencia adulta. No se trata de convertir a los padres en policías ni a los maestros en guardaespaldas. Se trata de mirar de verdad, de preguntar y esperar la respuesta sin apurar el siguiente compromiso.
En San Cristóbal, un compañero del agresor confesó a la psicóloga escolar que “nadie le había preguntado nunca si estaba bien”. La frase pesa más que el arma. Porque la tragedia no empieza cuando se aprieta el gatillo: empieza cuando un adulto se pierde la última oportunidad de preguntar “¿qué te pasa?”. La diferencia entre una bala y una vida, a veces, es solo una pregunta que llega a tiempo.