Sánchez arremete contra israel por bloquear al cardenal en jerusalén

Pedro Sánchez ha puesto el grito en el cielo. El primer ministro israelí, según el presidente del Gobierno español, ha cerrado la puerta del Santo Sepulcro al cardenal Pierbattista Pizzaballa en pleno Domingo de Ramos. Un gesto que, en la práctica, impide a los católicos celebrar una de las fechas clave de su calendario en el lugar que marcan sus credos. Y Sánchez no ha tardado en subirse a la red social X para denunciarlo: «Ataque injustificado a la libertad religiosa», ha escrito. La respuesta de Israel ha llegado en forma de reproche: «Nunca pierde la oportunidad de incitar al odio contra Israel», le ha espetado el ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa'ar.

El santo sepulcro, bajo llave por «seguridad»

La Policía israelí interceptó la comitiva del cardenal cuando se disponía a entrar en la basílica. Los agentes argumentaron razones de seguridad, en línea con las instrucciones del Ejército en medio de la guerra contra Irán. El Patriarcado Latino de Jerusalén ha calificado el episodio de «manifiestamente irrazonable y desproporcionado» y advierte de que abre un precedente que «ignora la sensibilidad de miles de millones de personas». Lo que nadie cuenta es que, horas antes, el propio Patriarcado ya había recibido el aviso de que la visita quedaba suspendida. Pero la forma del veto —en la puerta misma, ante los fieles que aguardaban— ha encendido la mecha.

El incidente ha pillado a Sánchez en plena campaña de relaciones exteriores. El mandatario español ha elevado el tono: «Exigimos a Israel que respete la diversidad de credos y el derecho internacional». La frase suena a ultimátum, pero también a redada interna: el Ejecutivo español necesita mostrar musculo ante su propia parroquia, especialmente tras los desencuentros previos con el gobierno de Netanyahu.

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Gideon Sa'ar no se ha quedado corto. Ha recordado a Sánchez que cuando un proyectil iraní cayó cerca del Santo Sepulcro hace semanas, «no tuvo nada que decir». Ha añadido un guiño velado: «A diferencia del régimen iraní, que apoya abiertamente a Sánchez». La ironía es doble: por un lado, desmonta la supuesta neutralidad española; por otro, apunta a un flanco débil del presidente, acusado por la derecha israelí de mirar hacia Teherán cuando conviene.

El resultado es un culebrón diplomático que deja entrever lo que callan los comunicados: Jerusalén se convierte en ring de lucha por el relato. Mientras Netanyahu vende seguridad, Sánchez vende tolerancia. La calle, entre tanto, observa cómo la guerra en Gaza se extiende a los sagrados días de Pascua. La cifra habla por sí sola: cero misas en el Santo Sepulcro el Domingo de Ramos por primera vez en décadas.

El desenlace está lejos. Israel asegura que «seguirá defendiendo la libertad de religión», pero el gesto ya ha pasado factura: la Santa Sede ha pedido explicaciones formales y la comunidad internacional ha sumado este capítulo a la lista de quejas por restricciones religiosas en la ciudad vieja. Sánchez, por su parte, ha logrado lo que buscaba: una foto que circulará durante días en los medios y que le sitúa como defensor de los cristianos en Tierra Santa. El precio: una nueva grieta en la ya resquebrajada relación con Israel. La lección: en Jerusalén, hasta la paz tiene precio.