Sanidad reescribe la ley que paraliza hospitales: médicos, ingenieros y estudiantes pugnan por el poder
La calle se llena de batas blancas cada primer jueves de mes, los quirófanos bajan la persiana y la ministra se repliega en su despacho a ultimar un texto que, en teoría, solo actualiza titulaciones. La reforma de la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS) se ha convertido en el último campo de batalla donde médicos, facultades, sindicatos y nuevas tribus tecnológicas se disputan quién manda en el sistema que cura a 47 millones de españoles.
El estatuto que no llega
El problema es viejo: el Estatuto Marco prometió cerrar las grietas laborales del colectivo, pero se quedó a medias. La respuesta fue una huelga ciclica —cinco días cada mes— que ya suma 20 jornadas de paro y 3.000 intervenciones aplazadas. Sanidad busca ahora colar en la LOPS lo que no pudo encajar en la negociación previa: clarificar competencias, blindar la formación continuada y dibujar una escala profesional que no dependa del color de la camiseta sindical.
El Foro de la Profesión Médica —FACME, CESM, OMC, decanos y estudiantes— firma el borrador, pero cada facción arrastra su propia herida. Los clínicos exigen que la ley les devuelva el liderazgo asistencial; los decanos quieren abrir la puerta a Biomedicina, Imagen Médica y Bioinformática; los estudiantes denuncian que un veterinario les sigue enseñando anatomía. Todos coinciden en una frase que suena a epitafio: «Si no se aclara quién hace qué, el paciente paga el pato».

Ingenieros en la uvi
Mientras, en los laboratorios se cuece el siguiente conflicto. El grado en Biomedicina ya se imparte en seis campus; el de Imagen y Radioterapia aterrizará el año que viene. Estos títulos híbridos —mitad medicina, mitad chip— no encajan en la clasificación de 2003. «Hay una relación cada vez más potente entre medicina e ingeniería», avisa Antonio Compañ, decano de Medicina en la UMH. La ley tiene que decidir si estos nuevos perfiles sustituyen, asisten o compiten con el médico radiólogo. La respuesta marcará quién firma el informe que decide si un nódulo es benigno o un cáncer fulminante.
La batalla se trasladará a Cádiz el 9 y 10 de abril. Allí, la Conferencia de Decanos recibirá al director general de Ordenación Profesional, Miguel Ángel Máñez, para negociar el redondeo final. En la mesa circulará un dato incómodo: el 40 % del profesorado de Medicina supera los 60 años y la mitad se jubila en los próximos cinco años. La reforma de 2024 relaja la acreditación, pero la sangre nueva no llega: los jóvenes doctores huyen a hospitales mejor pagados o a la industria farmacéutica.
La especialidad que no existe
El envejecimiento de la población ha cambiado el mapa de enfermedades: diabetes, insuficiencia cardíaca, depresión mayor. Sin embargo, la última especialidad que se reguló fue Urgencias, en 2018. «Faltan Genetics, Bioinformatics y salud mental», enumera Compañ. Cada año que tarda la ley, miles de residentes se forman en especialidades fantasma que no aparecen en los boletines oficiales. Traducción: cuando acaben el MIR, no podrán ejercer legalmente lo que ya saben hacer.
El borrador contempla, eso sí, blindar la formación continuada. Hoy es voluntaria; mañana podría convertirse en obligatoria para renovar la licencia cada cinco años. El modelo copia el carné de pilotos: si no acumulas créditos, no vuelas. La propia presidenta de FACME, Cristina Avendaño, resume la tensión: «La desafección del médico empieza cuando siente que su responsabilidad crece pero su poder decisional se diluye».
Sanidad promete tener el texto listo antes del verano. Mientras tanto, los paros continuarán, los pacientes seguirán en lista de espera y los jóvenes médicos se plantean emigrar. La ley que nació para ordenar titulaciones se ha vuelto el espejo de un sistema que no sabe si quiere ser mercado, servicio público o laboratorio de innovación. La próxima huelga está convocada para el 3 de abril. En los pasillos de los hospitales ya se susurra que, si la LOPS no colma las expectativas, la siguiente movilización no será de cinco días, sino de cinco semanas.