Sevilla se rinde al sol: 27 grados y ni una nube para despedir marzo
Sevilla amaneció este 31 de marzo con el termómetro decidido a marcar territorio: 27 °C de máxima y ni rastro de lluvia. La capital hispalense despide el mes con un cielo virgen de nubes, viento del oeste que roza los 35 km/h y un índice ultravioleta que ya pide protector 7. Abrigo en el armario, paraguas en casa: hoy la calle es territorio de camiseta y sombrero.
El mediterráneo seco que nadie firma
El clima mediterráneo continental de Sevilla —ese que la AEMET clasifica como Csa— cumple el guion cada primavera: sol desfilando sin interrupciones, mínimas que apenas bajan de 11 °C y aire seco que convierte la ciudad en el horno continental más temperado de Europa. La media anual se sitúa en 19,2 °C, una cifra que deja a Niza o Roma en la cuneta y que explica por qué los turistas ya copan terrazas en plena Semana Santa.
La rareza meteorológica no es la temperatura, sino la ausencia total de lluvia. En un año normal, Sevilla registra 51 días de precipitación; hoy la estadística se queda en un cero redondo. El último gramo de agua cayó hace semanas, y la atmósfera lo agradece con visibilidad de cine y un cielo azul que parece de cartón piedra.

El viento, ese aliado que refresca sin misericordia
Mientras el sol aprieta, el viento del oeste sopla a 35 km/h en ráfagas y juega al gato y al ratón con las sombrillas de los bares. La brisa seca deshoja los naranjos de la Avenida de la Constitución y empuja el polvo del Guadalquivir hasta los soportales de la Alfalfa. Es el mismo viento que en julio convertirá la ciudad en un termómetro humano, pero que ahora, a finales de marzo, se limita a avisar: el verano se entrena.
El índice UV 7 ya castiga a quien olvide el protector: la piel se recuerda en 15 minutos. La consejera de Salud andaluza no lo repite por gusto: en Andalucía se diagnostican cada año más de 7.000 melanomas, y abril es el mes en que empieza la cuenta atrás.

De la helada de 1956 al infierno de 1995
Este martes benigno contrasta con los extremos que guarda la ficha técnica del aeropuerto de Sevilla: -5,5 °C el 12 de febrero de 1956 y 46,6 °C el 23 de julio de 1995. Dos récord que la ciudad lleva tatuados en la memoria y que explican por qué aquí el abrigo y el abanico conviven en el mismo armario. La última nevada, un suceso casi mitológico, data del 10 de enero de 2010; la huella quedó en una fotografía que aún circula por WhatsApp como reliquia.
Hoy, ni sombra de esos fantasmas. El termómetro sube, las terrazas se llenan y el río Guadalquivir se convierte en espejo para los selfies. Sevilla celebra el fin de marzo con la certeza de que abril ya asoma la oreja y que, en esta ciudad, el buen tiempo no es noticia: es la norma que nadie se atreve a discutir.