Sinaloa respira entre barro: 300 voluntarios desentierran a cuatro mineros a 300 m de profundidad

El lodo se niega a soltarlos. Desde el 25 de marzo, cuatro hombres están enterrados en la mina Santa Fe, en Chele, Sinaloa, y este domingo 300 rescatistas abren zanja con sus propias manos para llegar hasta ellos. La rampa que debería medir 1,5 km ya lleva más de 48 horas de excavación y aún falta recorrido.

Una presa de jales rompió la membrana y tragó la galería

La rotura de la geomembrana —ese plástico grueso que contiene los desechos tóxicos de la extracción— fue el detonante. El agua mezclada con relaves se convirtió en un barro espeso que colapsó el túnel. De la cuadrilla de 25, solo 21 lograron salir por sus propios medios. Los otros cuatro quedaron atrapados al fondo, a 300 metros bajo tierra y a 25 °C de temperatura constante.

Geólogos de la empresa Industrial Minera Sinaloa supervisan cada palada. La alarma subterránea suena cada vez que el terremoto de lodo se mueve. Si el barro vibra, la evacuación es inmediata. Nadie quiere convertir la búsqueda en una nueva víctima.

El gobierno activó el protocolo federal tras 24 horas de silencio

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La alerta oficial llegó el 26 de marzo, un día después del accidente. La Coordinación Nacional de Protección Civil montó entonces un despliegue que incluye a la Secretaría de Marina, la Guardia Nacional y hasta el escuadrón Grupo Frisco de Chihuahua, especializado en rescate de mineros. La CFE aporta ingenieros para rediseñar la ventilación y evitar que el gas metano llene la galería.

El objetivo es claro: avanzar 1,5 km por las rampas internas, limpiar el lodo y llegar al punto exacto donde se estima que respierran los desaparecidos. La geotecnia calcula que el colapso se originó en una falla crítica de la capa de impermeabilización, un error de diseño que ahora se paga con vidas.

Sinaloa aporta más del 2 % del PIB minero nacional. Aquí el oro y el plomo mueven economías enteras, pero también entierran sueños. Mientras tanto, en la boca de la mina, las familias no se mueven de la valla. Esperan que la próxima palada traiga un casco, una voz, un nombre. El lodo sigue firme, pero la paciencia se agota.