Sofía se rearmó de familia y llenó la catedral de palma para no llorar sola

Doña Sofía subió el lunes por la noche los escalones de la Seu con el paso firme de quien ha decidido que el duelo no va a ganarle la partida. A su lado, las infantas Elena y Cristina —esa España que ya no sale en los papeles oficiales— y las nietas Victoria Federica e Irene, que la miraban como quien vigila un cristal fino. Nadie mencionó a Irene de Grecia, la hermana pequeña que el 15 de enero se llevó la mitad de la memoria de la reina emérita, pero su ausencia sonaba a desafinado dentro del Réquiem de Verdi que la Universidad de las Islas Baleares estrenó por Projecte Home.

El negro que no era luto

La catedral estaba abarrotada. Calor de abril, turistas que se creían en un concierto gratis y políticos que se encontraron sin querer: Francina Armengol, Marga Prohens, Gabriel Le Senne… todos en primera fila, todos con la sonrisa de quien sabe que la foto vale más que el réquiem. Doña Sofía, 84 años, eligió pantalón y chaqueta negros, pero la camisa satinada color champán le dio la vuelta al protocolo: no era el negro del funeral, sino el del que ya se ha despedido y vuelve a la trinchera. El broche dorado en la solapa —ese que ya lució en 2007 cuando empezó esta tradición— fue la única joya que repitió. El resto, cuentas de vidrio que suenan a mujer que no quiere ostentar pero tampoco pasar desapercibida.

La música empezó y la reina se inclinó apenas hacia delante, la misma postura de quien escucha un secreto. A su alrededor, las nietas aguantaban la respiración: Victoria Federica, con el recuerdo fresco de su propio escándalo tabloide; Irene, la menor, que apenas ha pisado un acto oficial sin sus padres. Detrás, la infanta Cristina —aún bajo el peso de la abdicación de su padre— intercambió miradas de complicidad con su hermana Elena, esa que nunca quiso la corona pero que ahora sostiene a la madre como quien sostiene un vaso a punto de caerse.

La tradición que no calla

La tradición que no calla

El concierto benéfico de Semana Santa en Palma no es un simple gesto caritativo. Desde 2007, Doña Sofía lo ha presidido todos los años salvo la pandemia. Es su forma de decirle a la isla: “Aquí sigo”. Y este 2024, la isla se lo devolvió con un aplauso que empezó en el fondo de la nave y terminó en los labios de los políticos que la esperaron en la puerta. Projecte Home, la ONG beneficiaria, lleva tres décadas tratando adicciones en Baleares; la emérita lleva casi dos tratando su propia adicción al deber. Ambas saben que la cura es larga y que los réquiems, al final, sirven para despedir y para seguir.

Al terminar, Doña Sofía se levantó despacio, como quien sale de una operación. Las nietas la flanquearon; las hijas, detrás. Nadie habló con la prensa. No hizo falta. La imagen valía más que cualquier comunicado: una viuda real que ha entendido que la monarquía también es un oficio de duelos continuados y que, por eso mismo, se niega a entregarse al silencio. Se marcharon por la puerta de Can Savellà, entre cámaras y turistas que gritaban “¡Viva la reina!” sin saber muy bien cuál. Doña Sofía sonrió, sí, pero con la mandíbula apretada: el próximo réquiem, ya lo sabe, será el suyo y prefiere que la vean llegar de pie.