Suelta en un parque tras cinco días de terror: la red que atrapa con empleo a los inmigrantes
Un mensaje de WhatsApp enviado desde Bilbao a Lima bastó para desmontar la pesadilla. Un peruano de 39 años llevaba cinco días encerrado, sin comer apenas, cuando aprovechó un descuido de sus captores y escribió a su madre: «No salgo de aquí». La respuesta fue inmediata: la Policía Nacional del Perú avisó a Madrid y, en menos de lo que tarda un vuelo en cruzar el Atlántico, un equipo conjunto entre los grupos de Secuestros y Delincuencia Organizada de Bilbao trazó un perímetro en el barrio de Zabalgana-Zurbaranbarri. El hombre apareció esa misma madrugada, desnurido y sin orientación, soltado en un parque infantil como quien abandona a un perro.
El cebo era un contrato en una fábrica de coca-cola
Los secuestradores habían urdido un gancho demoledor: un puesto de operario con sueldo de 1.600 € limpios, alojamiento pagado y contrato indefinido en la planta embotelladora de Galdakao. La víctima pagó su propio pasaje bajo la promesa de que se lo abonarían a la primera nómina. Aterrizó el 12 de junio. Nadie le esperaba en la terminal. Un furgón particular lo recogió y lo llevó a un piso sin número en la zona oeste de Bilbao. Allí le quitaron el móvil y le mostraron la factura del vuelo: 840 € que debía devolver antes de pisar la calle. «Trabajarás doce horas, pero no en Coca-Cola; te necesitamos para otra cosa», le advirtieron.
Lo que siguió fue una semana de interminables recados en obras, limpieza de naves y descargas de contenedores, siempre escoltado por dos hombres que cambiaban de coche cada día. Comía una vez, arroz sin más. Dormía en colchón en el suelo con la puerta cerrada con llave. El plan era claro: exprimirlo hasta que pagara el «crédito» del viaje y, de paso, infundir miedo para que no denunciara.

Whatsapp, la rendija que hizo temblar a la red
Pero la tercera noche uno de los guardianes se quedó dormido con el móvil sobre la mesa. La víctima lo desbloqueó con la huella del hombre, se metió en WhatsApp Web y escribió a su madre coordenadas que no conocía y una sola palabra: «ayuda». El mensaje se marca como leído a las 03:42 hora peruana. La madre, que nunca había salido de Lima, llamó al 105 de la Policía Nacional del Perú. La alerta saltó a la Interpol y de allí a la Comisaría General de Policía Judicial en Madrid.
En Bilbao, el grupo de Secuestros activó el protocolo «Liberex». Agentes de paisano se plantaron en Zabalgana con fotografías difuminadas y la consigna de localizar furgones que hacían frecuentes paradas en obras. La clave la dio un vecino que vio «a un sudamericano muy pálido» bajar a una gasolinera a comprar agua «como si le vigilaran». El cerco se cerró en 48 horas.

Abandonado como un paquete en un columpio
La madrugada del 17 de junio los captores se dieron cuenta de que había coches sin placas de madrina rondando la calle Hegoalde. La orden fue rápida: «Soltadlo». Lo dejaron en el parque de Txurdinaga, junto a los tobogán y los bancos de madera. No llevaba zapatillas. Un móvil sin tarjeta le habían devuelto para que «llamara a quien quisiera». Cuando los agentes lo encontraron, llevaba 18 horas sin probar bocado, hablaba en presente y pasado mezclados y no recordaba su número de pasaporte.
El equipo médico del Hospital de Basurto certificó deshidratación severa y pérdida de 6 kg en cinco días. El hombre fue trasladado al albergue municipal de Bilbao, donde hay otras nueve personas en la misma situación. «No sabía que esto existía», dijo al psicólogo. «Pensé que Europa era otra cosa.»
Cifra que duele: 23 liberaciones similares en lo que va de año
La Policía Nacional reconoce 23 operaciones idénticas en España desde enero, todas con el mismo patrón: oferta engañosa, deuda impagable, rehenes en pisos obreros. Detrás hay mafias, en muchos casos de la misma nacionalidad que la víctima, que facturan un promedio de 25 000 € por persona entre el cobro del viaje, el alquiler del piso y la explotación laboral. «Nos movemos siempre después del secuestro; la clave sería interceptar la oferta antes de que suban al avión», reconoce un investigador del grupo de Secuestros.
El caso bilbaíno sigue abierto. No hay detenidos, pero hay matrículas, huellas digitales en un vaso de plástico y varios testimonios de obreros que vieron pasar al peruano. La víctima, a la espera de la autorización de estancia por cooperación con la justicia, da vueltas en el albergue y repite: «Quiero que nadie más caiga.» Aún no sabe que su historia ya es parte del manual que la Policía distribuye en embajadas: «Si te piden dinero por un trabajo en España, es porque no hay trabajo.»