Tarapoto despierta bajo nubes y 34 °c: la selva ya late con lluvias de marzo

Las palmeras de Tarapoto se despiertan tapadas por un manto de nubes este lunes 30 de marzo. El termómetro trepará hasta los 34 °C y apenas bajará de 23 °C en la madrugada; el aire huele a tierra mojada y la ciudad respira con la humedad del 70 % que convierte cualquier caminata en una ducha invisible.

El cielo anuncia lluvia, pero no la tormenta feroz de enero: será un llovizón tibio, de esos que calman la sed de la tierra sin arrasar los sembradíos de plátano y cacao que rodean la carretera Fernando Belaúnde. El SENAMHI confirma el guion de siempre: octubre a mayo es temporada húmeda, y marzo, justo en el ecuador del diluvio, regala cielos plomizos que parecen cobijo y amenaza al mismo tiempo.

El truco del cacao y el turista que no se moja

En la planta de Orquídea, a 15 minutos del centro, los obreros separan las mazorcas fermentadas antes de que el agua los atrape. El chocolate artesanal sale más brillante cuando la humedad ronda el 80 %; la grasa del cacao se pega al metate como si supiera que el turista de la tarde llegará empapado y con ganas de taza caliente. El dueño, Elías Arévalo, sonríe: "Si llueve, vendemos el doble".

La misma lógica aplica en la Laguna Azul, donde los botes hinchables de Yakupark flotan bajo la llovizna y los viajes se agotan. Nadie cancela: en la selva, el agua es la excusa, no el problema. A las 11:00 a.m. los termómetros ya marcan 31 °C y los niños saltan al lago como si fuera piscina de verano, aunque estemos a días de abril.

La selva que no se deja domar

La selva que no se deja domar

La catarata de Ahuashiyacu gana caudal con cada chubasco. A 14 km del centro, el camino asfaltado huele a guano y flores de platanillo; el gallito de las rocas canta más temprano para aprovechar la calma antes de la turba. Los guías locales cargan botas de plástico en la cajuela: "Si no traen, los alquilamos; siempre queda lodo".

Mientras tanto, en el Centro Urku, la veterinaria Melissa López revisa a un jaguar rescatado de un hotel clandestino. La humedad alta obliga a desinfectar las jaulas cada seis horas; los hongos crecen sobre la madera con la misma rapidez con la que brotan las quejas de los turistas por el calor que "no da tregua". La doctora encoge los hombros: "Acá el clima no pide permiso".

El campo de aviación local recibe ocho vuelos diarios; los pilotos calculan despegue antes de las 3:00 p.m., cuando los cumulonimbos se amontanan sobre el Cerro Escalera y la visibilidad cae a 3 km. En la estación de bomberos, el comandante Jorge Mori repasa el protocolo de deslaves: "Marzo es el mes clave; si llueve más de 40 mm en dos horas, activamos alerta naranja". La cifra habla por sí sola: en 2024, los deslaves dejaron dos puentes colgantes en el aire y 400 familias aisladas en Lamas.

El reloj marca las 12:30 p.m. y el sol asoma entre nubes como un farol mal apagado. En el mercado municipal, Julia Ríos vende aguaje y carambola bajo un toldo de plástico azul. El sudor le corre por la espalda, pero no baja los precios: "El frutero soporta calor, el cliente paga lo mismo".

La selva no regala consuelos. A las 4:00 p.m. volverá a llover, los ríos subirán un centímetro y el aire olerá a piedra mojada. Tarapoto no se queja: asume el calor, la lluvia y el barro como quien acepta un amor exigente. Mañana, el ciclo se repite, y la ciudad seguirá viva, empapada y rentable, mientras el resto del país sigue discutiendo si la Amazonía es urgencia o recurso.