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Un robot de 35 kg pega a un niño en plena demo: china debate si ya convivimos con máquinas sin red

El robot G1 de Unitree Robotics giró 90 grados, extendió el brazo y propinó un cachetazo seco a un crío de ocho años que miraba la exhibición desde la primera fila. Ocurrió el martes en el pabellón de Xi’an, provincia de Shaanxi, ante cientos de familias que habían ido a ver “el futuro” bailar al ritmo de una banda sonora electrónica. En vez de asombro, se llevaron un llanto desgarrado y la imagen del operador apartando al androide con un palo de madera como si fuera un perro rabioso.

El vídeo, subido a Weibo a las 17:43 hora local, superó los 90 millones de visionados antes de que el té acabara de enfriarse. La empresa responsable de la feria emitió un escueto comunicado: “Fallo de alineación de sensores, ya corregido”. Nadie mencionó al niño. Nadofreció disculpas a sus padres.

El precio de un error de 0,3 segundos

El G1 cuesta 13.500 dólares, pesa 35 kilos y tiene 23 articulaciones que se mueven a 0,3 segundos de intervalo. Esa velocidad, que lo hace capaz de saltar sobre una mesa, es la misma que convirtió la mano del robot en un puñetazo inesperado. El algoritmo de reconocimiento de cercanía falló: detectó al niño como “objeto móvil de baja masa” y, por tanto, desestimó la posibilidad de colisión. Lo que la IA interpretó como “flor de plástico” era la nariz de un crío que ahora lleva esguince cervical y dos semanas de baja escolar.

Los padres exigen que Unitree corra con la factura médica. La compañía responde que el seguro solo cubre daños a terceros mayores de edad. Un bucle legal que ya estudia un bufete especializado en productos defectuosos. La cifra habla por sí sola: 0,3 segundos de demora en el firmware equivalen a una factura que ronda los 8.000 yuanes (1.100 €) en gastos hospitalarios. Y un abogado que huele sangre.

La coreografía del miedo

La coreografía del miedo

china despliega 3,2 millones de robots industriales, el parque más denso del planeta. El gobierno de Xi’an prometió 200 centros de robótica educativa antes de 2026. Lo que nadie cuenta es que los instructores reciben 12 horas de formación y un manual de 40 páginas sin apartado de “primeros auxilios”. En el vídeo se ve al monitor apartando al G1 con un palo de escoba mientras grita “¡Modo reposo, modo reposo!”. El robot, ajeno, sigue bailando.

La escena se repite: en enero, un Unitree B2 pateó la ingle de su operador en Shenzhen; en abril, un modelo parecido fue retirado de un restaurante de California tras empujar una bandeja de sopa sobre una cliente. Cada vez la misma excusa: “Error de ajuste”. La ironía es que la camiseta que llevaba el androide californiano rezaba “¡Estoy bien!”. A la clienta le costó tres puntos de sutura.

El negocio de la prisa

El negocio de la prisa

Unitree triplicó sus ventas en 2023. Su consejero delegado, Renxian Wang, presume en LinkedIn de “democratizar la robótica”. El truco es vender kits abiertos: el comprador programa la personalidad. El problema es que la seguridad queda en manos de un aficionado que descarga un repositorio de GitHub. La ley china exige homologación solo para robots industriales de más de 150 kg. El G1 pesa 35. Ahí se esconde el vacío legal.

Mientras tanto, en Taobao ya hay 1.400 tiendas que ofrecen “skin” de superhéroe para el G1. Un vendedor asegura: “Le da carisma, los niños lo abrazan más”. La misma plataforma vende fundas de acolchado por 19 yuanes. Nadie compra.

El futuro llegó antes que la norma. Y golpeó a un crío en la cara. La próxima vez podría ser una anciana, un bebé o un fiscal distraído. La calle no es un laboratorio. china tendrá que decidir si los robots juegan a ser humanos o siguen siendo máquinas que, como los perros, deben ir con bozal y correa. Mientras, el G1 sigue en venta. Y el palo de escoba, también.