Texistepeque se tiñó de rojo: turistas invaden el pueblo donde los diablos azotan la fe
La polvareda del día se alzó al cielo mientras Texistepeque gritaba. No eran gritos de miedo, aunque los Talciguines —diablos rojos con látigos de cuero— azotaban a la multitud. Era el grito ancestral que cada lunes santo saca del olvido al pueblo más caliente de El Salvador y lo pone en el mapa de los viajeros hambrientos de autenticidad.
La fila de autos con placas de Guatemala, Honduras y hasta de la Riviera Maya dobló la carretera hacia el casco colonial. Nadie quería perderse la versión original del teatro callejero que mezcla castigo, perdón y fiesta. La receta es brutal: 300 hombres encapuchados, disfraces de piel de cabro, olor a aguardiente y ceniza, y un coro de tambores que anula el WhatsApp.
Un turismo que nace del látigo
La cifra habla por sí sola: más de 8.000 visitantes en seis horas, según la alcaldía. Un número que triplica la capacidad hotelera del lugar y que obligó a montar campamentos improvisados en patios escolares. Lo que empezó como penitencia local se ha convertido en un motor de negocio que los restaurantes de la plaza capitalizan subiendo un 40 % el precio de las pupusas. La gente paga sin rechistar porque quiere su foto con el diablo antes de que Instagram lo etiquete como violento.
Pero hay un detalle que los influencers no cuentan: los Talciguines no actúan para la cámara. El látigo que parte el aire es real, el moretón que dejan en la pantorrilla también. El ritual exige sangre para que la tierra dé frutos. Así se lo explicó a un turista alemán el centenario don Meléndez, que lleva 63 años vistiendo cuerno: «Si no duele, no sirve». El europeo palideció, pero siguió grabando.

La fe que no entra de gratis
La Iglesia local observa desde la acera. El párroco, monseñor Oswaldo, suspira: «Es folclore, pero también es doctrina del castigo». Mientras, los devotos cargan andas de Jesús Nazareno entre machetes de cartón y diablos que se arrodillan de golpe frente al Cristo. El contraste es teológicamente incorrecto y turísticamente perfecto.
Lo que nadie cuenta es que cada año la policía confisca decenas de látigos metálicos camuflados. El negocio paralelo de souvenirs creció 150 % desde 2019. Un látigo «auténtico» hecho con cuerda de mecate y mango de guayabo se vende a 25 dólares; la versión «premium» con piel de toro alcanza los 60. La ley de oferta y demanda también azota.
Al caer la tarde, la plaza huele a mezcla de pólvora de carnaval y sudor de turista. Los hoteles improvisados ya tienen lista de espera para el 2025. Los Talciguines se quitan las máscaras, se limpian la cara y vuelven a ser albañiles, estudiantes o taxistas. El pueblo recoge latas, vende el último cajón de cerveza y empieza a contar el dinero. La tradición no solo se mantiene viva: se mantiene rentable.
Texistepeque duerme, pero su teléfono no para de sonar. Agencias de viaje de Tokio y París preguntan por paquetes con látigo incluido. La consigna del próximo año ya circula por WhatsApp: «Trae protector solar y rodilleras. Y si vienes, deja el miedo en la frontera: aquí el diablo pega, pero también paga».