Un chico de 15 años dispara contra sus compañeros en un colegio de santa fe: dos heridos y un cadáver de 13 años

La campana aún no había dejado de resonar cuando estalló el primer tiro. Un adolescente de 15 años sacó una pistola de la funda de una guitarra, apuntó al patio del colegio Mariano Moreno y gatilló cinco veces. Cayó un chico de 13 años, mortal. Dos más sangran sobre el cemento. Santa Fe, otra vez, escribe su nombre en la lista de la violencia escolar que nadie quiere leer.

El atacante llevaba el arma dentro de una guitarra

El ataque ocurrió a las 7.45, en la entrada del establecimiento público de San Cristóbal. El agresor, según el secretario de Gobierno municipal, Ramiro Muñoz, esperó a que se abriera el portón. No gritó, no amenazó. Solo disparó. Un empleado de la escuela lo redujo antes de que pudiera vaciar el cargador. La Policía lo encontró tendido boca abajo, sin resistencia, con la mirada fija en el cielo.

Los servicios de emergencia llegaron en ocho minutos. El herido crítico, un alumno de 12 años, recibió un balazo en la cara y otro en el cuello. Aún está en terapia intensiva, conectado a un respirador. El tercer herido, de 14 años, salió caminando con una pierna ensangrentada. El centro quedó acordonado, los chicos evacuados y las clases suspendidas toda la semana.

La contradicción que nadie espera

La contradicción que nadie espera

Lo que más golpea a los docentes es la ficha del tirador: alumno destacado, boletines de diez, sin antecedentes disciplinarios. «Era buen alumno y mostraba buena conducta», repitió Muñoz en TN, como si la frase pudiera explicar el sangriento desenlace. Los libros vacíos de motivos empujan a las familias a preguntar qué se les escapa: ¿adónde miran los adultos cuando los niños ya no lloran?

La pistola, ahora en poder de la Policía de Investigaciones, es un calibre 22 con número de serie limado. La procedencia se rastrea, pero el dato ya late: en Santa Fe hay más armas ilegales que habitantes con ganas de denunciarlas.

El Ministerio de Seguridad provincial prometió «medidas urgentes» y desplegó un operativo psicológico para los alumnos. Palabras de siempre. La madre del chico muerto, en cambio, no pudo articular ninguna: solo sollozó frente al cuerpo envuelto en una sábana blanca mientras los fotógrafos hacían clic desde la vereda.

En el país que ya vio once tiroteos escolares en los últimos cinco años, cada nueva bala es un eco que regresa. La historia no avanza: solo se repite, más rápido, más cerca, más joven.