Un colegio australiano prohíbe caminar a sus alumnos durante 30 años y ahora se arrepiente
Durante tres décadas, los niños del Carroll College de Broulee no pudieron usar sus piernas para llegar a clase. La norma, vigente desde 1994, obligaba a ser trasladados en coche. El motivo: una carretera de 100 km/h sin pasos peatonales. El resultado: generaciones de adolescentes que crecieron sin pisar el asfalto con sus propios zapatos.
La historia suena a ficción, pero es real. Y acaba de saltar a la palestra cuando el gobierno local de Nueva Gales del Sur descubrió que la prohibición nunca existió en los papeles. «Creíamos que era legalmente exigible, pero no figuraba en el acuerdo», confesó el párroco Joshua Scott, presidente del centro. Una aclaración que deja al colegio australiano en una situación incómoda: había estado negando un derecho que nunca había sido suyo para denegar.
La carretera que cambió de velocidad
George Bass Drive, la arteria que separa el colegio del pueblo, redujo su límite a 40 km/h en horario escolar y estrenó rotonda. Con esa infraestructura, el ayuntamiento ha trazado un sendero de césped y un refugio peatonal a 600 metros del centro. El permiso es temporal: seis meses de prueba para 40 familias que ya sueñan con olvidar el coche.
El efecto es inmediato. Lukas Muir, estudiante de último año, estrena su bici de montaña: «Vivo a cinco minutos y, hasta ahora, tenía que pedir a mis padres que me llevaran». Su caso no es aislado. El director Andrew Kenneally calcula que la medida puede disparar la matrícula: «Muchas familias de Broulee descartan Carroll por el problema del transporte. Eso se acabó».

Cuando caminar mejora las notas
La noticia llega cuando la Asociación Española de Pediatría acaba de publicar un estudio que vincula el trayecto a pie con mejor rendimiento académico. Oxigenación cerebral, memoria más nítida, menor obesidad y menor presión arterial. En otras palabras: los mismos beneficios que Carroll College negó a sus alumnos durante 30 años.
El contraste es brutal. Mientras en Europa se diseñan «rutas escolares seguras» para fomentar el ejercicio, en Broulee se castigaba a quienes lo intentaban. La anécdota se convierte en síntoma: una sociedad que prioriza la comodidad del motor sobre la autonomía del niño.
La comunidad celebra el cambio con una mezcla de alivio y rabia contenida. «Nos hace ilusión, pero también nos pregunta por qué tardó tanto», resume Kenneally. La respuesta está en el miedo burocrático y en la costumbre de aceptar normas sin verificar su origen. Un error que, paradójicamente, ha obligado a los alumnos australianos a recuperar lo que nunca debieron perder: el derecho a llegar a clase con los zapatos embarrados y la cabeza despejada.