Un hueso de san francisco llega a paraguay y remueve la fe de los guaraníes
La ceniza de un santo que predicó en tierra guaraní aterrizará este domingo en Asunción. No es metáfora: la Conferencia Episcopal Paraguaya confirmó que un fragmento de San Francisco de Asís —literalmente, un residuo óseo reducido a polvo— recalará en la Catedral de Caazapá para quedarse. La reliquia, catalogada como ex cineribus corporis, llega en plena conmemoración de los 800 años de la muerte del fundador de los franciscanos, el hombre que enseñó a los indígenas a rezar en latín y a los españoles a no robarles el alma.
La ceniza que fundó ciudades
Caazapá, fundada en 1607 por el fraile extremeño Luis de Bolaños, fue el primer reducto donde San Francisco se abrió paso entre los guaraníes sin espada. La reliquia se instalará en la misma iglesia que Bolaños levantó con barro y oración, a 180 km de Asunción, en una zona que hoy sobrevive del cultivo de yerba y la nostalgia. La CEP no eligió la capital ni la metrópoli: escogió el sureste, donde la evangelización fue sin sangre y con texto en guaraní.
El proyecto “La Sandalia de Francisco” es una travesía religiosa que ya pasó por Bolivia y Argentina. Paraguay es la tercera pierna. La intención: que la reliquia toque los sitios donde los franciscanos dejaron huella, antes de que el turismo religioso los convierta en parque temático. El obispo de Caazapá, José Benjamín Núñez, anticipó que la misa del domingo será en guaraní y español, con música de arpa y sin altavoces que distraigan al Espíritu.

Un rico que se hizo ceniza
Francisco de Asís nació en 1182, hijo de un comerciante de telas que soñaba con cruzadas. Lo que encontró fue la ruina y la locura de querer imitar a Cristo hasta las llagas. Murió a los 44 años, desnudo sobre el suelo de una iglesia de porfido, con los estigmas sangrando y un testamento que prohibía hasta el cepillo de dientes. Gregorio IX lo canonizó en 1228, antes de que el cuerpo enfriara. Ocho siglos después, su polvo viaja en una caja de plata custodiada por frailes que no pueden tener ni reloj.
En Paraguay, donde el 88 % se declara católico pero solo el 18 % va a misa, la reliquia no es un amuleto: es un recordatorio de que la fe se construyó con palabras en guaraní y promesas de pobreza. Los jesuitas llegaron después con las misiones y el órgano; los franciscanos, con la idea de que el cielo podía ser selva.
La reliquia se expondrá al público el lunes 1 de abril en la plaza de Caazapá, bajo un toldo de palma. No habrá selfies con flash: la luz blanca deshace los restos. Y al caer la noche, cuando el pueblo cene sopa paraguaya y se beba el tereré sin azúcar, un fraile cerrará la custodia con llave de cobre. La ceniza volverá a su silencio, pero ya nadie podrá decir que San Francisco no pisó esta tierra.