Un misil iraní impacta en la refinería de haifa y se lleva el aliento del norte de israel
La columna de humo negro se alzó sobre Haifa como una exclamación de guerra. Un proyectil iraní atravesó el cielo mediodía y se estrelló contra el tanque de gasolina de la mayor refinería de Israel. El fuego, contenido tras horas de trabajo de los bomberos, deja tras de sí una verdad incómoda: el corazón energético del país late bajo amenaza constante.
Segundo impacto en 11 días: la infraestructura que no puede fallar
El servicio de rescate lo confirmó sin eufemismos: ninguna víctima, ningún escape tóxico, ninguna evacuación. Pero la frialdad del parte oficial no disimula el daño estratégico. La refinería de Haifa —320 000 barriles diarios, 40 % del consumo nacional— ya había sido alcanzada el 19 de marzo. Dos misiles en menos de dos semanas convierten la mayor instalación portuaria del norte en un objetivo militar repetido y, por tanto, en un punto débil que puede paralizar el abastecimiento de gasolina, diesel y queroseno de todo Israel.
El proyectil de este lunes cayó en el área de almacenamiento de fuel. Las imágenes de Canal 12, autorizadas tras el visto bueno de la censura militar, muestran un manto de humo que oscureció el cielo durante más de dos horas. Los equipos de extinción trabajaron con espuma para evitar que el calor alcanzara los tanques adyacentes; de hacerlo, el incendio podría haber obligado a cerrar el complejo por semanas.

Irán y hizbulá firman el ataque, israel aún guarda silencio
La televisión israelí atribuye el lanzamiento a una ofensiva coordinada entre la Guardia Republicana iraní y la milicia chií libanesa. El Ejército, sin embargo, no confirma ni desmiente: prefiere que el foco mediático se quede en la imagen de los bombers apagando llamas, no en el hecho de que un enclave clave vuelve a quedar expuesto ante un arsenal que, según los informes de inteligencia, cuenta con más de 150 000 cohetes apuntados al norte del país.
Haifa no es un blanco cualquiera. La ciudad alberga el puerto más profundo de Israel, terminales de gas natural, una central eléctrica y la sede de la Flota del Mediterráneo. Cada misil que cae allí es un recordatorio de que la guerra que comenzó el 7 de octubre ha abierto un frente de 200 km en el límite con Líbano, donde los sirenas suenan cada noche y las baterías antimisiles interceptan el 85 % de los proyectiles, pero no todos.
El norte, aislado por fuego y por miedo
Mientras el humo se disipaba, el consejo municipal de Haifa mantenía cerradas las playas y recomendaba a los residentes permanecer en refugio hasta nueva orden. En los kibbutz cercanos a la frontera libanesa —Dafna, Kfar Giladi, Misgav Am— la rutina es ya un ejercicio de resignación: clases suspendidas, comercios con persianas metálicas bajadas a las cinco de la tarde, campos de cultivo abandonados porque los tractores son visibles desde el otro lado del valle.
La refinería puede volver a operar en 48 horas, dicen los técnicos. Pero la confianza no se repara tan rápido. Cada impacto aumenta el coste del seguro de riesgo de guerra, encarece el combustible y obliga al gobierno a destinar más fondos a subsidios que ya superan los 2 000 millones de shekels (490 millones de euros) para compensar a las industrias del norte.
Israel almacena ahora diez días de reservas estratégicas de crudo, frente a los 90 que recomienda la Agencia Internacional de Energía. La diferencia se traduce en una vulnerabilidad que Irán ha identificado y que, según los analistas de seguridad interna, explotará cada vez que el gobierno de Netanyahu intensifique sus ataques contra objetivos iraníes en Siria o contra líderes de Hizbulá en el sur de Líbano.
El incendio de Haifa ya está apagado, sí. Queda, eso sí, una brasa encendida en la planificación energética de Israel: si el norte cae, todo el país se queda sin gasolina. Y esa brasa arde con olor a pólvora.