Un solo género porta la virgen en logroño y nadie se queja: la tradición que no necesita ley
En la Logroño del Martes Santo no hay debate. Mientras otras cofradías vetan a mujeres y se desgañitan los platós, veinte logroñesas cargan con la madera y el manto de la Virgen del Rosario sin que un solo hombre reclame su sitio. No hay norma escrita que lo prohíba; tampoco la necesitan. Desde 2008, cuando la imagen salió por primera vez, la costumbre se impuso como un hecho: ella quiere mujeres y ellas responden.
La historia no es nueva, pero cada primavera se reescribe con el mismo desparpajo. A las 20:30, cuando el cielo riojano aún conserva el olor a pan recién hecho de las taper de los bares, las portadoras se citan en la puerta de los Maristas. Allí, Esther Lázaro —logroñesa, 55 años, dos hijos y una voz que no admite réplica— reparte el orden de filas como quien reparte caramelos. «No es un acto reivindicativo, es un acto penitencial», suelta antes de que nadie pregunte. Y punto.
Por qué no hay hombres ni falta que hace
Carlos García, comisario de la Cofradía de la Santa Cruz, lleva tres décadas vigilando que no se rompa el guion. «Si mañana faltan chicas, los chicos saltarán, pero hasta ahora sobra gente». La frase suena a chulería local, pero es estadística pura: desde 2008 siempre se cubren las plazas. El secreto no está en un reglamento machacado por juristas, sino en una red de madres, hijas, sobrinas y vecinas que se apuntan antes de que termine la cuesta de enero. «Mi hija Pilar ya ha hecho la reserva para 2025», presume Esther mientras ajusta la cinta que sujeta la túnica. El relevo generacional no se negocia; se hereda como un abrigo de lana.
La procesión recorre el casco antiguo con la parsimonia de quien no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Se escucha una saeta, luego un canto de jota, después el silencio de las suelas sobre la losa. En los balcones, algunos vecinos se persignan sin saber que, a 400 kilómetros, en Sagunto, la misma escena sería imposible. «Respeto lo que hagan, pero me parece fuera de lugar», dice Esther sin alzar la voz. La frase cae como una losa entre los micrófonos de EFE y desaparece bajo el eco de un ciego que toca la guitarra en la esquina de Portales.

El negocio que no necesita pancartas
La Santa Cruz no tiene patrocinadores ni cuenta de Instagram. Su presupuesto anual ronda los 18 000 euros, recaudados con rifas de jamón y misas de difuntos. «Aquí no se paga plaza, se paga con ganas», resume García mientras enseña un libro de actas sin una sola queja registrada. La única polémica que recuerda fue en 2019, cuando una portadora quiso llevar el paso con el bebé en un fular. Solución: se cambió la hora del biberón y se siguió adelante.
Termina la noche. Las mujeres descalzan las alpargatas, se frotan los tobillos y se prometen encontrarse el año que viene sin necesidad de WhatsApp. Esther guarda la túnica en una bolsa de basura verde —«así no se arruga»— y besa a su hija en la frente. Mañana volverá a la oficina de la calle San Millán, donde nadie imagina que lleva siete años cargando con la Virgen entre callos. «La cruz pesa, pero pesa menos que la hipoteca», bromea antes de desaparecer entre el humillo del champú de los bares que aún sirven cerveza. Logroño se queda dormida sin saber que, en un país obsesionado con el género, hay un rincón donde la tradición se impone sin ley y sin ruido. Solo con veinte mujeres, un manto y la certeza de que el año que viene volverán a ser ellas. Porque pueden, porque quieren y, sobre todo, porque ya nadie recuerda quién fue el primero en decir: «Vamos nosotras».