Un urólogo de caquetá violó a su paciente y la justicia solo lo alejó 12 años del escalpelo

El 23 de noviembre de 2020, la paciente llegó al consultorio de Elías Rojas Falla con la certeza de que su peor enemigo era una infección urinaria. Salió con la certeza de que el enemigo llevaba bata blanca. El Tribunal de Florencia, Caquetá, acaba de condenar al urólogo a 12 años de cárcel por abusar de ella dentro de la misma camilla donde debía recibir un tratamiento de rutina.

La sentencia, dictada en primera instancia, es apenas un capítulo de un libro que la víctima lleva escribiendo desde hace seis años con sangre de paciencia. La juez le además inhabilitó al médico para ejercer cargos públicos durante el mismo lapso que pasará tras las rejas, aunque la orden de captura no se ejecutará hasta que agoten los recursos de apelación. Traducción: Rojas Falla puede seguir atendiendo pacientes mientras sus abogados tejen estrategias.

La trampa del póster de anatomía

El consultorio tenía olor a povidona y a promesa de curación. La mujer se quitó los zapatos, se subió a la camilla y dejó que la bata cayera hasta la cintura. El urólogo entonces cruzó la frontera que ningún juramento hipocrático autoriza: palpó, tocó, penetró. La paciente congeló el grito en la garganta porque el miedo también produce mutismo. Después firmó la factura, pagó la copago y salió al sol de Florencia con la certeza de que algo dentro de ella acababa de quebrarse.

La Fiscalía recolectó testimonios, grabaciones de cámaras de seguridad del edificio y peritajes psicológicos que confirmaron el daño. Pero el daño real es la cuenta bancaria de la clínica que nunca dejó de ingresarle honorarios al médico, incluso después de que el proceso judicial arrancó. El negocio de la salud no para por una denuncia.

El fantasma que camina por los pasillos de antioquia

El fantasma que camina por los pasillos de antioquia

Mientras Rojas Falla espera un fallo definitivo, a 600 kilómetros de distancia, en Medellín, otro urólogo sigue de guardia. Alberto Posada acumula cerca de 50 denuncias por abuso sexual en casi tres décadas. El Tribunal de Ética Médica de Antioquia solo lo suspendió seis meses en 2006; la sanción nunca se cumplió. La Clínica Las Vegas lo exhibía en su portal web como “especialista disponible” hasta que la prensa le tocó el hombro.

La Secretaría de las Mujeres de Medellín recopiló 35 testimonios de la capital y 14 del área metropolitana. Valeria Molina, la secretaria, confiesa que cada historia empezó con la misma frase: “Yo creía que era parte del examen”. La frase duele dos veces: por la violencia y por la ignorancia que la violencia aprovecha.

Posada sigue recetando antibióticos y recibiendo colegas que prefieren no mirarlo a los ojos. La Fiscalía no ha abierto investigación formal. El silencio cobra intereses: cada día que pasa hay una nueva potencial víctima sentada frente a su escritorio, desnuda bajo la bata, sin saber que el monstruo también se viste de blanco.

El precio de la ropa interior olvidada

El precio de la ropa interior olvidada

El caso de Caquetá debería ser un escarmiento, pero funciona como anuncio clasificado: condena de 12 años, pero libertad provisional; inhabilitación, pero consultorio abierto. El mensaje que llega a los pacientes es claro: denunciar es un maratón y el abusor sale en bicicleta.

La paciente de Rojas Falla lleva dos mudas de ropa interior en la cartera desde aquel 23 de noviembre. Dice que es su talismán: si algún otro médico le pide desnudarse, al menos no tendrá que volver a casa con la culpa de haber dejado la anterior en el cesto de la violencia.

El urólogo, mientras tanto, atiende por videollamada desde su casa. La pantalla pixela la cicatriz que nadie le hizo. La justicia, en su versión colombiana, también pixela el rostro de la impunidad.