Una escopeta en la mochila: cómo un adolescente desató el infierno en san cristóbal

Ian Cabrera tenía 13 años y una mochila llena de planas de cuaderno. Su asesino, 15, llevó la suya cargada con una escopeta 12/70 y un cinturón de cartuchos. Entre ambos, solo dos años de diferencia y toda la locura que cabe en un pasillo de escuela pública. Este martes, la Escuela N° 40 de San Cristóbal, Santa Fe, se convirtió en el escenario de un crimen que la provincia creía lejana: el primer tiroteo escolar fatal desde Carmen de Patagones, hace 22 años.

Lo que sigue no es un resumen de prensa; es la reconstrucción que el fiscal Carlos Vottero entregó anoche a los padres, a los docentes y a una ciudad que todavía no entiende cómo se pasa de la campana de entrada a los perdigones en menos de un minuto.

El baño donde todo estalló

El ataque no fue un estallido instantáneo. Fue una cadena de segundos que alguien planificó sentado en un inodoro. Allí, el adolescente montó el arma, se abrochó el cinturón y salió al pasillo. El primer disparo se dio dentro del baño, cuando aún había tres alumnos. Ian recibió perdigones allí mismo, pero salió corriendo. El segundo tiro —el que le abrió el tórax— lo alcanzó a tres metros de la puerta. Luego, el atacante recargó, se asomó a un ventanal y disparó dos veces más contra el patio. Ya no había blancos; solo deseo de seguir lastimando.

La escopeta exige pausa: dos tiros, recargo manual, dos tiros. En esa pausa se metió Fabio Barreto, el portero de la escuela. «Me apuntó, pero no llegó a gatillar», dijo. Se lanzó, lo tiró al piso y le quitó el arma. No hubo héroes cinematográficos: solo un hombre de 56 años que entendió que la mecánica de un fusil de cacería también es su punto débil.

Un menor sin condena posible

Un menor sin condena posible

El atacante está vivo, contenido y sin heridas. Por ahora duerme en un centro de menores bajo custodia de su madre. La nueva ley que baja la edad de imputabilidad a 14 años entra en septiembre; para él, llega tarde. Vottero ya adelantó lo único que puede pedir: que el chico y su familia no regresen nunca más a San Cristóbal. No hay cárcel, no hay verdad judicial, solo una medida de protección que suena a destierro.

En la puerta de la escuela, los padres escribieron con tizas «Ian, perdonanos». La frase duele porque nadie sabe a quién culpar. ¿Al sistema que deja que un adolescente tenga acceso a un arma de guerra? ¿A la escuela que no detectó la mochila sospechosa? ¿A la sociedad que naturaliza la violencia como forma de diálogo? Lo que sí saben los forenses es la cantidad exacta de perdigones que le entraron al cuerpo: 19. La autopsia cerrará el número, pero ya hay una cifra que late: cuatro disparos, dos minutos, un muerto, un pueblo entero de luto.