Valencia desvela el mapa oculto: la mitad de los votos del pacto histórico nacieron en las 'zonas rojas'

Valledupar huele a marimba y a pólvora. En esa mezcla Paloma Valencia olfateó un posible fraude de Estado: el 52 % de los sufragios que catapultaron al Pacto Histórico coinciden con municipios que la Misión de Observación Electoral pinta de color sangre. La senadora del Centro Democrático desató la acusación este martes y, de paso, firmó su sentencia contra la “paz total”: «Aquí no hay desmovilización, hay ocupación».

La coca entra por la puerta grande mientras el estado sonríe

Valencia no necesitó slides. Se bastó con repetir los datos que el MOE entregó a puerta cerrada: en 333 corregimientos el voto se contó bajo amenaza directa de ELN, disidencias de las Farc y clanes del Golfo. «El Gobierno les abrió la carretera, les regaló mesas de diálogo y ahora les debe la gobernabilidad», espetó. La candidata presidencial habló de veredas donde la única propaganda que sobrevive es la de Petro, pintada encima de cultivos que crecieron 43 % en los últimos dos años.

Lo que nadie cuenta es que, según la última fotografía de la Policía, en el sur del Cesar la coca ya alcanza los 7.800 hectáreos: un rectángulo verde que se come la sierra y vomita dinero para comprar alcaldes, juntas y, presume Valencia, puestos de votación. «Mientras tanto, la ministra de Defensa se toma selfies en El Copey», dijo, y la multitud rugió.

El plan que promete militarizar antes que dialogar

El plan que promete militarizar antes que dialogar

Acorralada por preguntas sobre cómo devolvería la confianza, Valencia soltó su receta sin anestesia: patrullaje de élite en las trochas, cárceles sin prelación de beneficios y, sobre todo, extinción de dominio a las fortunas que financian las campañas de los narcos. «Vamos a arrancar capturando a los extorsionistas, a recoger toda la droga de las calles y a militarizar las vías», repitió hasta que se le grabó en la memoria de los presentes.

Juan Manuel Galán, su compañero de fórmula, agregó un dato que retumbó en la plaza céntrica: en 2023 se pagaron 3,4 millones de extorsiones, la cifra más alta desde la firma del Acuerdo de La Habana. «Esa plata luego se lava en campañas. Y ahí es donde nace la compra de votos», sentenció.

La propuesta tiene olor a guerra. Valencia lo sabe, pero apuesta a que el miedo al sicariato es mayor que el cansancio de los enfrentamientos. «Colombia no puede seguir conviviendo con el miedo», dijo, y remató: «Si hay que devolverle el terreno a la ley, lo haremos sin consultarle a la izquierda ni a la coca».

El vicio de las urnas en tierra de nadie

El vicio de las urnas en tierra de nadie

La senadora guardó lo más punzante para el final. Aseguró que en 18 municipios el domingo de elecciones se abrieron menos mesas que puestos de salud, y aun así el oficialismo arrasó. «¿Cómo explican que en El Tarra, Sardinata y La Gabarra el Pacto Histórico triplicó su promedio nacional?». La pregunta flotó sin respuesta.

Valencia no habló de fraude técnico; habló de «terrorismo electoral». Denunció que en algunas veredas los votantes llegaron con fotos del acta sellada en el bolsillo y la orden de «votar por el que aparece arriba». «Están volviendo a usar la combinación de formas de lucha, ganando elecciones a punta de amenazas contra los compatriotas», dijo, y la frase resonó como eco de los años noventa.

La candidata cerró su intervención con una promesa que suena a desafío: «Por primera vez una mujer va a gobernar este país y lo hará sin deberle nada a los que sembraron la coca para comprar el poder». Luego bajó del estrado, se metió entre la gente y desapareció entre el polvo y los aplausos. Quedó la certeza de que, gane o pierda, Valencia ya prendió la mecha de una polémica que el próximo domingo podría explotar en cualquier mesa de votación del país.