Van aert y van der poel se la juegan solos: el pelotón les arrebata la gloria en flandes
El plan era tan sencillo como audaz: Van Aert y Van der Poel se fugaban a 68 km de meta, dejaban atrás al pelotón y jugaban en el Kemmelberg su particular final. Dos eternos rivales, una tregua táctica, un sprint a dúo que olía a épica. Pero el ciclismo no entiende de guiones. A 1,8 km de la llegada, el pack les engulló, Jasper Philipsen pisó fuerte y la Gloria se volvió decepción.
La fuga que agonizó a dos kilómetros
Van Aert lo cuenta sin edulcorar: «Las sensaciones eran buenas, pude seguir a Mathieu la última vez que subimos al Kemmel. Pensé que teníamos opciones reales». Y ahí estaba la clave: el belga tiró con la certeza de que, si fallaba, su compañero de fuga contaba con un escudero en el grupo: Philipsen, el velocista que cerró la brecha y dejó a Van Aert sin cartas.
La colaboración fue limpia, casi simbiótica, pero la lógica del equipo marcó la diferencia. Mientras Van der Poel podía gestionar la ventaja sabiendo que detrás tenía un aliado, Van Aert sólo tenía su propio pedal. «Eso me perjudicó y marcó la diferencia», resume entre resignación y aprendizaje.

Un estado de forma que invita al optimismo
Tercero en la Milán-San Remo hace diez días, tercero en Gante-Wevelgem: el palmarés parcial no engaña. Van Aert llega al asalto de las Clásicas del Norte con la moral templada por la frustración, pero con las piernas respondiendo. El miércoles disputa el A Través de Flandes, un test de fuego antes del Tour de Flandes y París-Roubaix, las dos citas que marcan el pulso de su temporada.
La lección de Wevelgem es clara: en el ciclismo moderno, una fuga de dos contra cien sólo prospera si el viento, la distancia y la desesperación del pelotón se alinean. Ayer no fue ese día. Van Aert lo sabe: «Ha sido una decepción». Pero también sabe que, si las piernas mantienen este ritmo, la próxima escapada puede acabar en victoria y no en un sprint truncado por la masa.