Almerimar roza el lujo de mónaco sin perder la gracia andaluza

El Ejido no aparece en los titulares turísticos de la Costa del Sol, pero los capitanes de 60 m de eslora han encontrado su puerto seguro. Mientras Barcelona y Palma miden la saturación con manifestaciones, en Almerimar se fija el límite en 1.100 amarres: cuando se llena, se cierra. La exclusividad se impone por física, no por marketing.

La jugada ha funcionado. El Mirror acaba de colocar este rincón de Almería entre los tres destinos europeos «anti-Benidorm» para huir del turismo masivo. El mensaje es claro: aquí no hay bloque enfrentado al ayuntamiento, solo dársenas que duplican el precio por metro cuando entra un superyate de bandera británica o alemana. La ocupación media del puerto deportivo ronda el 92 % en temporada alta; la ocupación de la calle, cero. No hay colas para el café, ni autobuses de excursión, ni alquiler de patinetes.

La playa que desaparece en google maps

Quien busque Punta Entinas-Sabinar en el mapa del celular verá un hueco verde sin nombre. Esa laguna, esa duna y ese faro del siglo XIX son el secreto mejor guardado de la costa. El año pasado solo 2.400 almas pisaron sus 5 km de arena virgen, según el registro de la estación ornitológica. El acceso es una pista de tierra que se inunda con marea y que el guarda civil corta si el viento supera los 40 km/h. Resultado: la única masificación posible es la de los flamencos que llegan en octubre.

El contraste con la marina es brutal. En el mismo día puedes desayunar langostinos con champagne en la terraza de La Tapa —donde el cubierto supera los 60 €— y comer pipirrana de pueblo a 3 € en el bar El Puerto, donde el dueño aún regala limones de su propio invernadero. La dualidad no es decorativa: es el modelo de negocio. El Ayuntamiento cobra tasas portuarias que financian sendas ecológicas en las salinas; el golf de 27 hoyos financia el sendero de interpretación de dunas. El lujo paga la conservación, y la conservación justifica el lujo.

El campo de golf que come tomates

El campo de golf que come tomates

El recorrido Almerimar Golf fue diseñado por Gary Player en 1976 sobre un vivero de tomates cherry. Aún hoy, los regantes cambian el agua de los greens por el sobrante del invernadero contiguo. El truco ahorra 300.000 m³ al año y permite mantener el campo abierto en plena sequía andaluza mientras otros cerraron. La cifra habla por sí sola: el handicap medio del socio es 12, pero el verdadero filtro es la cuota anual: 2.400 €, sin opción a abono mensual. Se juega en 4 h y 15 min; luego hay que dejar el buggy en el garaje privado del club. Nadie se queja: la lista de espera roza los 18 meses.

El pasado mes de mayo, el resort alojó a 42 tripulantes de superyates que esperaban el Monaco Grand Prix de F1. No fueron a ver carreras; vinieron a entrenar en un campo que imita el recorrido de Montecarlo: mismo bermuda, mismas pendientes, mismo mar de fondo. La ironía: mientras el Principado exhibía diamantes, Almerimar vendía la experiencia «sin bling», y cobró 30 % más por habitación que en la misma semana de 2022.

El alcalde que no quiere ser alcalde

El alcalde que no quiere ser alcalde

Francisco Góngora, alcalde de El Ejido, rechazó sentarse para este reportaje. Su equipo envió un sms: «No buscamos ser el nuevo Marbella». La frase resume la estrategia: captar alta renta sin convertirse en escaparate. El plan urbanístico vigente prohíbe edificaciones sobre 6 plantas en la primera línea y fija un 40 % de suelo protegido en la segunda. La norma se blindó en 2019 tras detectar que promotores de Dubái habían comprado 18 parcelas mediante testas a nombre de sociedades panameñas. La operación quedó en agua de borrajas: el precio del suelo se desplomó un 22 % en dos meses y los inversores se fueron a Lisboa. Los locales respiraron.

La contrapartida es un PIB per cápita en El Ejido de 32.400 €, el más alto de andalucía después de la capital. El 18 % proviene directamente del turismo náutico, según la Cámara de Comercio. Y aún así, la ocupación hotelera no pasa del 65 % en agosto. El secreto: el 70 % de visitantes duerme en barco o en casas de segunda residencia que pagan el Impuesto de Bienes Inmuebles como primera vivienda. El efecto es un municipio rico sin servicios colapsados, con ambulancia propia y ambulatorio abierto 24 h, algo inédito en un pueblo de 15.000 habitantes.

El precio de la soledad

La autenticidad tiene coste. Un bungalow en primera lína cuesta 470.000 €; un apartamento con vistas al puerto, 6.200 €/m². El alquiler vacacional ronda los 180 € la noche en septiembre, cuando la Costa del Sol ya baja a 90. Y aun así, el 62 % de los propietarios son extranjeros que solo aparecen 45 días al año. El resultado es un pueblo que duerme 10 meses y despierta con acento británico en julio. Los pescadores que vendían a pie de playa ahora lo hacen por WhatsApp: mandan foto de la captura y la subasta termina antes de atracar. El mar se convierte en Wall Street y la lonja, en mercado de futuros.

La pregunta no es si Almerimar resistirá el tirón del lujo; es cuánto tiempo podrá esconderse antes de que Instagram descubra la playa sin nombre. Mientras tanto, el faro de Punta Entinas sigue parpadeando cada 15 segundos. Es la única publicidad que necesita.