Washington pide 200.000 millones extra para irán y toca el billón de dólares

La Casa Blanca acaba de meter la tarjeta de crédito del Pentágono en el dispensador y ha pulsado «retirar». Pide al Congreso 200.000 millones de dólares adicionales para la línea de fuego contra Irán, lo que catapultaría el presupuesto de Defensa por encima del billón por primera vez en la historia. La cifra es tan obscena que ya supera, ella sola, el PIB anual de países como Portugal o Grecia.

El truco retórico de la administración Trump es presentar el incremento como una simple actualización. Pero la cuenta es demoledora: 831.000 millones se convierten en 1,03 billones, un salto del 25 % en doce meses. Mientras tanto, Irán juega en otra liga: 9.230 millones, menos que lo que Washington se gasta en repuestos de portaaviones cada cuatrimestre.

El coste de un dron chino frente a un misil made in usa

Lo que no figura en los papeles oficiales es la tabla de precios del combiente. Teherán envía drones de 20.000 dólares que vuelan rasante sobre los desiertos de Arabia Saudita; Estados Unidos responde con proyectiles de 1,5 millones cada uno. La balanza no es militar, es contable: por cada millón que gasta Irán, Washington derrocha cien. La guerra asimétrica no es solo táctica; es la factura que Estados Unidos empieza a no poder pagar sin hacer ruido.

El detalle se agranda cuando se mira el tablero global. Antes del petición, el gasto militar estadounidense ya igualaba al de China, Rusia, India, Reino Unido, Francia y Japón juntos. Con el aumento, la distancia se vuelve abismal: el Pentágono podría financiar a las seis potencias siguientes y aún le sobraría dinero para comprar diez veces el presupuesto iraní.

El portaaviones que no llega a tiempo

El portaaviones que no llega a tiempo

Mientras tanto, en el astillero de Newport News, el Gerald R. Ford sigue sin poder zarpar. Las reparaciones del buque más moderno de la flota se alargan y su ausencia en el Golfo Ómnico deja un hueco que ni siquiera el billón de dólares logra tapar. Irán lo sabe. Por eso calcula que con un puñado de lanchas rápidas y misiles Houthi puede ralentizar el 20 % del petróleo mundial que cruza el estrecho de Ormuz.

La tolerancia a bajas es otra moneda de cambio. En Teherán, la vida soldado vale menos que en Ohio. En Washington, cada muerte se convierte en titular, encuesta y, eventualmente, voto. La democracia occidental ha externalizado la guerra hasta que el precio del cable noticioso se dispara y el Pentágono tiene que explicar por qué un dron de 20.000 dólares acaba de cerrar un ducto de 10.000 millones.

El Congreso aún no ha dicho sí, pero el dinero es un tren que ya ha arrancado. Mientras tanto, en la frontera iraní, los generales de Qoms calculan cuántos drones pueden comprar con lo que Estados Unidos gasta en un solo día de operaciones. La respuesta les hace sonreír. El billón de dólares no garantiza victoria; solo garantiza que la factura será astronómica. Y alguien, tarde o temprano, tendrá que pagarla.