Zamora rescata el gesto que desafía a la muerte: la cruz de bueyes que vuelve a caminar

La Plaza Mayor de Zamora se quedó sin aire a las 23:00. Ni un móvil, ni una tos. Solo la voz de veinte hombres que cantaban la misma frase que sus abuelos cantaron en 1942: «La muerte no es el final». Debajo de ellos, la cruz de yugos de bueyes –pesa 180 kilos y lleva grabadas las cicatrices del campo– se alzó un palmo del suelo como si quisiera tocar la luna. José Luis Coomonte, el escultor que la forjó, murió en diciembre. Esta noche su obra regresó al centro del pueblo sin él.

La cruz que nació del polvo del frente

La hermandad de Jesús en su Tercera Caída no es una cofradía cualquiera. Nació en la posguerra, regada de veteranos que volvían del frente con la misma madera con que antes uncían los bueyes. El yugo era lo único que les quedaba. Convertirlo en cruz fue, entonces, una forma de enterrar la metralla sin hablar. Hoy, los nietos de aquellos soldados repiten el gesto cada Lunes Santo, pero ya nadie diserta sobre batallas. Lo que se escucha es la música de Cesáreo Garbaráin, cura y compositor que escribió la tonada en los años 80 cuando la ciudad aún olía a luto y a brea.

El capellán Agustín Montalvo, antes de soltar el cántico, mencionó Ucrania, Gaza y el Sáhara. No lo hizo desde el púlpito: lo hizo desde la misma acera donde los primeros franquistas desfilaron. El mensaje duró 47 segundos, pero bastó para que la guardia civil despabilara a un turista que intentaba grabar con flash. Lo que nadie cuenta es que, detrás de la cruz, una treintena de cargadores lleva vendadas las manos. No por estética: las astillas del roble viejo atraviesan el guante.

El libro de los muertos que camina delante

El libro de los muertos que camina delante

Por primera vez, un volumen negro de 15×21 cm precede al paso de misterio. Dentro, 418 nombres. Coomonte ocupa la página 212. Al lado, una niña de cinco meses –la cofrade más joven– duerme colgada del pecho de su padre con una cruz de membrillo como chupete. La raíz, tallada por el mismo artesano que murió en Navidad, huele a fruta y a tierra cuando se calienta con el sudor.

El desfile ha cambiado, claro. Las túnicas ya no se cosen en casa: se compran por 180 euros en una tienda de Salamanca. Pero la corona de espinas, forjada con rejas de arado, sigue dejando óxido en los hombros de quien la lleva. «Es el peso del campo que se niega a desaparecer», me susurró un cargador mientras se ajustaba la venda. La voz temblaba, pero no de emoción: eran las 12:30 y aún faltaban 37 minutos de pie.

La Semana Santa de Zamora –declarada de Interés Turístico Internacional en 1986– recibió anoche a 4.200 visitantes. Hoteles al 96 %. La cruz de yugos, sin embargo, no aparece en ninguna guía. Solo los zamoranos saben que, cuando la canción llega al estribillo, el cielo se encapota y las campanas de la catedral repican a media nota. Ayer ocurrió otra vez. A las 00:03, la lluvia empezó a caer en gotas tan gruesas como garbanzos. Nadie se movió. La muerte, cantaban, no es el final. Y la cruz, oxidad y brillante, siguió caminando.